1

Mi pequeño mundo caliente

Capitulo I

La infancia es ese territorio perdido al que sólo se entra por puertas secretas, como la puerta en el muro de H.G. Wells, disimulada por una enredadera carmesí, “que a través de una pared verdadera conducía a realidades inmortales…”

S. Ramírez

Me vi desde arriba -como dicen verse los que han estado al borde de la muerte- con un corte de pelo en forma de “guacalito”, al estilo indígena yanomami, llevando un vestido a rayas celeste con blanco, de piqué, con el cuello en forma de babero cuadrado de tira bordada. Todo me picaba por la tela. Estaba con mi hermano Jacinto en la puerta de la casa de mis tías cerca de la iglesia El Calvario de la vieja Managua de antes del terremoto del setenta y dos, con alboroto de gritos y música de fondo porque se celebraba la fiesta de boda de mi prima Melisa en la que dicen que llevé los anillos. Siguió en mi recuerdo otra escena de la misma película, en una acera de Managua, tomada de la mano de mi papá en espera de mi madre que llegaba de Costa Rica en un autobús de la empresa Tica Bus. – Leer capítulo completo –

2

Un montón de rincones para ser feliz

Capitulo II

Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo
para mostrar al mundo cómo era su casa”.

Bertolt Bretch

Nuestra casa fue construida por el abuelo con una de sus tantas habilidades. En ella viví hasta mi adolescencia y todavía sueño con ella casi todos los días.  Parece por su estilo arquitectónico que la intención era hacerla colonial, con gigantes paredes pintadas de verde, los patios centrales, llena de cuartos, corredores y recovecos, pero que en la necesidad de ir ajustándola con presupuestos limitados, se cambió a un estilo amorfo carente de elegancia. Había que hacerla más cómoda, más moderna y sobre todo adaptada para acomodar a la prole numerosa que crecía sin complicaciones.

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3

Ellos y yo: la Familia Mis hermanos

Capitulo III

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

Benedetti

Fui la quinta hija de una familia de siete. Nací con cinco años de diferencia entre cuatro hermanos mayores Martín, Edgar, Jacinto y Lola; cinco años después que yo nacieron dos hermanos menores, Ernesto y Esther. Mis hermanos mayores tenían un año de diferencia entre cada uno. Familiarmente se contaban también a José María y Carmen, los dos hijos no nacidos por embarazos fallidos de mi mama a quienes curiosamente se les dio nombre y espacio entre las memorias, como si mis padres supieran de la existencia de la teoría familiar sistémica de Karl Ludwig y pretendieran transparentar todas las vivencias, no dejar a nadie, ni nada oculto, al menos en este tema. – Leer capítulo completo –

4.1

Ellos y yo: la Familia Mis padres

Capitulo IV

Cuando pienso en mi papá y mi mamá evoco a dos personas abiertas a cosas diferentes e ideas nuevas, que a veces eran arrastrados por un remolino imaginario que los regresaba a sus raíces conservadoras y ellos luchaban y luchaban para salir y avanzar. Creo que la mayoría de las veces salían victoriosos. Mi yo niña veía a dos seres maravillosos y perfectos. Eran una mezcla misteriosa que nunca terminaré de descifrar por lo que no pregunté o por lo que no compartieron conmigo, llenos de cuentos familiares que llegaron incompletos o que nunca llegaron a mí.

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5

Mi amiga, la de los ojos grandes

Capitulo V

Mi vecina de enfrente, María José, era tres años mayor que yo, la más pequeña de una gran familia de hermanos y hermanas, vecinos y amigos de siempre de mi familia, una de mis grandes amigas de esos tiempos, la única con la que compartí cosas que no se podían compartir con todo el mundo. Era una niña con el pelo lacio de color negro intenso, igual al color de sus grandes ojos, a los cuales en la adolescencia dispuso echar una gotita de limón diario porque alguien le dijo que los haría lucir más brillantes. Fuerte, extrovertida, generosa y sociable, competitiva y malhumorada de vez en cuando, particularmente con sus hermanos, con quienes peleaba y discutía todo el tiempo. Ejercía una gran influencia sobre mí, me hacía falta y pasábamos cualquier cantidad de tiempo juntas. Una vez nos peleamos no sé por qué, pero sí sé que fue porque no quise hacer algo que ella quería. – Leer capítulo completo –

6

La deliciosa relación de la filosofía con un biberón

Capítulo VI

Mi tamaño me hacía parecer al menos dos años menor, a los seis parecía de cuatro, de ocho parecía de seis, de doce parecía de diez. Así fue siempre hasta que empezó a suceder lo contrario a los treinta y dos y empecé a parecer de treinta y cinco.  Andaba, con mis piernas manchadas de piquetes de zancudos, aparentando menos edad, mientras en mi cabeza despeinada, mis pensamientos daban vueltas todo el día. ¿Qué haría cuando fuera grande?  ¿Sería maestra? Me gustaba la idea porque me imaginaba mandando y regañando a los niños que no hicieran bien las tareas. ¿O sería médico? Sí. Sería médico y curaría a la gente, pero no operaría como lo hacía mi papa porque me daba asco pensar en una panza abierta. Iba a ser bonito curar bebés. ¿A lo mejor a los mismos que después regañaría cuando estuvieran en clase y no me obedecieran? Abogada, como mi madre no sería nunca.

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7

A imagen y semejanza de las monjas

Capítulo VII

Tienen que traer de tarea un cuento elaborado por ustedes, dijo mi profesora de primer grado, con su voz fuerte y su porte grandote. Pasé toda la tarde escribiendo y dibujando en las cuatro páginas del pliego del “papel de oficio”, un papel a rayas de tamaño legal de dos hojas unidas entre sí que vendían en ese tiempo. Escribí un cuento que se llamaba “la niña que quería ser monja” y trataba de una niña muy pobre que quería ser monja pero por su pobreza no podía, o sea, era una historia perfecta de “cepillada” sin intención. El cuento les encantó a las monjas, llamaron a mi mamá para contarle y la madre Martha, la directora, me llevó a su temida oficina, abrió una gaveta de su escritorio y me dijo que escogiera todos los caramelos que quisiera de un montón de bolsas que tenía guardadas. – Leer capítulo completo –

8

Y se lo llevaron preso

Capítulo VIII

“No puede conmigo la tristeza
la arrastro hacia la vida
y se evapora…”

                               Claribel Alegría

Antes de esos diminutos cambios de mi comportamiento, en el setenta y cinco, La Guardia se llevó preso a mi papá por razones políticas, acusado de ser colaborador del Frente Sandinista. Ese año cambiaron a la directora de primaria de mi colegio y nombraron a una monja nueva, la madre Gloria, atípica, despampanante, con unas nalgotas enormes que lucía en pantalones de diolén, una cabellera castaña exuberante al estilo Farrah Fawcett y con una boca como la de Angelina Jolie. Supe después que los padres de familia gozosamente la admiraban y fue una época de buena convocatoria masculina en las reuniones de primaria. – Leer capítulo completo –

9

La política y yo a los siete

Capítulo IX

“Yo no creo en la edad
Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.”

P. Neruda

El inicio de la parte de mi vida que tiene que ver con la política, tiene un origen que claramente puedo describir. Con certeza fue a mis siete años que mi niñez se partió en dos. La segunda mitad inició a las seis de la tarde de un día de mil novecientos setenta y tres, cuando estando parada detrás de mi papá, con mi barbilla apoyada en su hombro desde atrás del sillón en el que se encontraba leyendo el diario La Prensa, le pregunté dos cosas que desde mi escasa altura descubrí al mismo nivel de mi mirada en los titulares del periódico: qué significaba FSLN y quién era Allende.

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11

El Miedo tiene Olor y Color

Capítulo XI

Durante mucho tiempo al recordar los eventos relevantes, aparecían emociones o sensaciones particulares. Las emociones en mi memoria tienen sonidos, olores y colores. La más constante y blanca con olor a lluvia mojada, era la paz que sentía acostada entre mis padres en su cama, costumbre eterna que perdí hasta que mi papá murió y que todavía añoro con serenidad. La segunda, azul y con olor a mar era la alegría de hacer cosas siempre diferentes y retadoras en cada uno de mis días, tenía tantas opciones de cosas que hacer, de temas en que pensar que no recuerdo haber estado aburrida alguna vez. La tercera emoción, color verde oscuro y olor a calle con desperdicios, era la del estado de alerta que me disparaba la adrenalina ante el miedo, que se fue haciendo más continuo en la medida que transcurrieran los años y empezaron a pasar cosas que nos confrontaban como familia con la experiencia de vivir en dictadura. – Leer capítulo completo –

12

El Trabajo, los Penecas y el Chow Mein

Capítulo XII

En la acera de enfrente vivía Luis, un chinito de un metro y medio de altura, que había llegado al país en los años cincuenta. Se había quedado soltero después de sufrir un desamor.  Cuentan que había mandado a traer una chinita por encargo y que cuando ésta llegó a la ciudad en unos días se enamoró de otro y se fugó con el nuevo amante poco antes de casarse. La desilusión de Luisito fue tanta que nunca más intentó juntarse con ninguna otra mujer. Era famoso porque asistía a todos los entierros de la ciudad aunque no conociera al muerto, vestido con saco negro, corbata del mismo color y camisa blanca. Todo impecable. Llegaba puntual a la salida de las iglesias y no se iba hasta que se terminaba de echar la última palada de tierra. – Leer capítulo completo –

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Unos extraños en mi casa

Capítulo XIII

Mi casa empezó a ser frecuentada por huéspedes raros que llegaban de noche y pasaban encerrados la mayor parte del tiempo para salir de nuevo de noche, con los cuáles mis padres conversaban con las puertas cerradas. Después supe quiénes eran, cómo se llamaban y con cada uno desarrollé una relación diferente a partir de sus personalidades y de la capacidad de empatía que demostraban con una niña omnipresente que no abría la boca y les sonreía muy poco. Fueron relaciones más importantes para mí que para ellos. Siempre pasa con los adultos que llegan a la vida de los niños circunstancialmente, no entienden como pueden llegar a ser tan importantes y queridos y después ni lo recuerdan, ni les importa. – Leer capítulo completo –

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Cuando los espíritus nos visitaban

Capítulo XIV

Me transporto a un viejo teatro de mi ciudad, sentada junto a mi padre, apoyada sobre mis piernas para tratar de ver por encima de todas las cabezas. Tenía cinco años y estábamos asistiendo al espectáculo de un mago faquir italiano, totalmente diferente a los circos visitantes a los que estaba acostumbrada. El mago hizo muchas cosas. Vendado adivinó colores, tamaños de objetos que portaban personas del público que habían subido al escenario voluntarias, algunas de las cuales yo conocía. Se acostó en una cama de clavos e hipnotizó a su novia haciéndola levitar y luego la dejó en estado de hipnosis por cinco días. Al final, el cierre del show era acompañarlo a enterrarla en el parque central de la ciudad. – Leer capítulo completo –

15

Esos seres incomprendidos

Capítulo XV

En mi ciudad igual que en todas, había personas extrañas que nos asustaban y algunos “loquitos” como se les llama popularmente, en diminutivo, como que eso disminuye el impacto del desconcierto de no saber cómo tratarlos. Cuando se es niña o niño, la vulnerabilidad de no conocer las causas de su estado, o no saber cómo reaccionar ante ellos hace que se les tenga más miedo de lo debido y claro que socialmente también se expresaba una falta de sensibilidad que hacía que fuesen maltratados y discriminados. – Leer capítulo completo –

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El Acoso, el monstruo cotidiano

Capítulo XVI

Creo que a todos los niños que vivimos en pueblos pequeños nos ha tocado sufrir alguna persecución en nuestra infancia, especialmente a las niñas a quienes en el mejor de los casos nos perseguían y nos tocaban en la calle, aunque no fuera de manera dramática como para trauma. No recuerdo por qué siempre callé y no se me ocurrió nunca contárselo a mi papa o a mi mama. Me daba pena, me sentía avergonzada, lo mismo que sentía con cualquier conversación o película que escuchara relacionada a sexo. Supongo que pensaba que no me volverían a dejar salir sola y ese era un precio alto que no estaba dispuesta a pagar para acabar con mis temores, bastaba con ser precavida y correr muy duro cuando fuese necesario. – Leer capítulo completo –

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El negocio de Plantas

Capítulo XVII

En ese mundo de tres dimensiones que vivía, con María José ideaba formas de ganar dinero trabajando para  financiar nuestra diversión. Para comprar penecas y aumentar mi colección, comprar bolis, cajetas de “coyolitos” e ir a la matiné los domingos en la mañana en un cine nuevo que tenía una sola categoría de asientos y publicitaba sus películas en carteleras con letras con imanes. Diferentes a los otros cines viejos de mi ciudad que tenían dos categorías de asientos, los de platea y los de luneta y los anuncios de las películas los hacían en carteles pintados a mano que pegaban con almidón en los postes de luz en las esquinas. – Leer capítulo completo –

18

Un guerrillero y la felicidad

Capítulo XVIII

 “NECESITO del mar porque me enseña:/ no sé si aprendo música o conciencia: / no sé si es ola sola o ser profundo/ o sólo ronca voz o deslumbrante/ suposición de peces y navíos/. El hecho es que hasta cuando estoy dormido/ de algún modo magnético circulo/ en la universidad del oleaje”.

P. Neruda.

Martín estuvo clandestino cinco años creo, entre mis siete y trece años. Eso implicaba que nos teníamos que encontrar con él en distintos lugares en casa de familiares, amigos o colaboradores. Esos encuentros eran lo más maravilloso que me pasaba, era un espacio de tiempo tan especial y auténtico que me resultaba imprescindible vivirlo. Sentía que en algún momento mi energía no era igual si después de un tiempo no nos veíamos. Era como que se me acumulaba la tristeza de a poquito en el corazón y al verlo se limpiaba de nuevo. En el mejor de los casos eran semanales, en otras ocasiones  muy distanciados. Generalmente íbamos los domingos, pero otras veces durante la semana. Incluso durante el día y entonces yo faltaba al colegio para poder asistir. – Leer capítulo completo –

19

¿Qué tiene la música?

Capítulo XIX

Igual que los olores y los sabores, la música tiene la particularidad de trasladarme enterita a sensaciones y momentos específicos o épocas de la vida. Cuando mi papa ponía casi todos los días sus discos de música clásica, aunque no me molestaba, no sentía entonces que me inspiraran sensaciones especiales, ni me gustaban particularmente. Todavía no es mi música favorita, pero cada vez que escucho algunos arreglos, como “La Primavera” de Vivaldi o “El Cascanueces” de Tchaikovsky, no puedo evitar sentir toda la energía armónica que se respiraba en mi casa cuando sonaban esas piezas y me dan ganas de salir corriendo a pegar brincos en calzón o a montarme en mi velocípedo de nuevo y salir disparada manejando por todos los corredores. Era instintivo y casualmente podía salir en calzón por toda la casa brincando cuando estaba lista para el baño y sonaba la música, sin el más mínimo pudor, de manera que mi mama solía llamarme “Remedios la Bella”, el personaje de Cien Años de Soledad. La relación de la música y esas acciones las descubrí después, cuando se me repetía el ciclo al escucharlas, como un reflejo condicionado, aunque no he llegado a quitarme la ropa de nuevo. A lo mejor si llego a viejita, liberada ya de las inhibiciones mentales, lo volveré a hacer. – Leer capítulo completo –

20

Una Misión

Capítulo XX

“Barajando recuerdos
me encontré con el tuyo.
No dolía.
Lo saqué de su estuche,
sacudí sus raíces
en el viento,
lo puse a contraluz:
Era un cristal pulido
reflejando peces de colores,
una flor sin espinas
que no ardía…”

             Claribel Alegría

En todos esos años, iba con mi mamá a las misiones que le correspondía cumplir por mandato del Frente, que era representado cada cierto tiempo por “contactos” o personas diferentes. En una ocasión la acompañé a realizar una inspección de avanzada en un carretera hasta un camino de tierra que conducía a una casa de playa oculta en la que habría una reunión con alguien que después supe era el jefe de la tendencia a la que pertenecía Martín y uno de los miembros de la dirección nacional del FSLN. Lo que nos correspondía hacer, era viajar hasta el lugar para asegurarnos de que no había guardias, ni movimientos que arriesgaran a las personas que llegaban y luego nos regresábamos hasta un punto en que ellos esperaban en otro auto para avisarles que todo estaba bien. – Leer capítulo completo –

21

Mi Amiga la grande y mis sandalias de plataforma

Capítulo XXI

En esa época me acerqué a quien desde hace muchos años es una de mis mejores amigas, Pilar. Ella pertenecía a un movimiento juvenil cristiano y colaboraba como correo del Frente, es seis años mayor que yo. En ocasiones la buscaba en su casa para entregarle documentos,  otras veces nos veíamos en la calle, también llegaba a ayudarle a vender cosas en fiestas y kermesses que organizaban en el auditorio de la iglesia para recoger fondos para ayudar a niños de escuelas pobres en donde hacían la catequesis. – Leer capítulo completo –

22

Mataron a Pedro Joaquín

Capítulo XXII

Por suerte desde el año setenta y seis, la madre Martha volvió a ser la directora de primaria del colegio, pero al año siguiente, su encanto por mí se fue frustrando. Yo había decidido dejar de ser nerda. Lo cual fue muy relativo. Y a los once años, me negué a representar al colegio en el concurso de sexto grado para mejor alumno.  Me dijo entonces un discurso, furiosa. Sabía que estaba enojada porque se ponía roja como tomate. “Eres una cobarde, la única razón por la que no asistes es por miedo al reto que te ubicaba entre iguales”. Yo le respondí que dijera lo que quisiera pero que no iba. – Leer capítulo completo –

23

Empezó la Guerra

Capítulo XXIII

“…Este país sabe que no quiero ver su vientre adolorido,
sus vísceras laceradas, las cicatrices de múltiples heridas
         la huella de punzantes dardos, de puñales enterrados…” 

G. Belli.

Llegó la primera insurrección popular el nueve de septiembre del setenta y ocho. En mi casa ya estábamos advertidos y teníamos comida y agua suficiente de reserva. Me llené de mucha excitación ante esos eventos radicales que podían resultar en algo muy bueno o en situaciones muy difíciles si no se lograba derrotar a La Guardia. Empezaron a brotar de la nada los guerrilleros con sus caras cubiertas con pañuelos, algunos eran guerrilleros de verdad desde hacía muchos años como mi hermano Martín y otros eran de los barrios que se integraron espontáneamente en esos días, muchos del vecindario a quienes estaba acostumbrada a ver y por lo tanto fáciles de identificar aunque anduvieran la cara tapada. – Leer capítulo completo –

24

Madurada con carburo

Capítulo XXIV

Desde una ventana del avión veía la pista que me parecía infinita, vestida como se visten los que no tenemos ropa de invierno, juntando las piezas que van saliendo de los clósets de la familia y de las amistades, con un pantalón de corduroy verde y una camisa cuello de tortuga salmón. De los zapatos no me acuerdo, solo me acuerdo sentir un gran nudo en la garganta que sabía que no podía dejar salir, lo  debía controlar ese día y otros tantos más que vendrían porque tendría que ser fuerte, no tenía alternativa. Entendía que enviarme fuera del país era lo mejor que podían hacer por mí en ese momento en que tenían tantos problemas por mantenerse a salvo y resolver sus problemas económicos. – Leer capítulo completo –

25

El Triunfo

Capítulo XXV

Diez meses me parecieron una eternidad en ese lugar remoto en el que me encontraba y que representaba todo lo contrario de lo que pensaba y quería para mí a pesar de sus bonitas ciudades, su limpieza y el exceso de cosas en las tiendas. ¡Entonces sucedió lo mágico! Me sentí flotando al escuchar en la radio Habana, la narración de un periodista entusiasmado que contaba la noticia de la salida de Somoza del país y el inminente triunfo de los guerrilleros. ¡Qué frustración no poder salir corriendo a abrazar a mis padres y no estar allí, justo en el momento tan esperado durante años! El momento ese que había imaginado tantas veces y que había utilizado como pensamiento recurrente para conciliar el sueño, como cuando uno se pone a volar pensando qué haría si se sacara la lotería. Y yo no estaba allí, en donde soñaba que iba a estar cuando pasara. En esos días no tenía noticias del estado de mi familia, así que la ansiedad era aún mayor. – Leer capítulo completo –

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El sueño, la premonición y la realidad

Capítulo XXVI

En un par de meses cuando estaba cargada de toda la energía que se respiraba en las calles,  entendí que nada había sido suficiente y arranqué a mis trece años, otra fase en la que me tocaría demostrar con creces a cuanto jefe me asignaban que no, que parecía, pero  que no era lo que ellos pensaban. Yo sí tenía “trayectoria revolucionaria” y era capaz de liberarme de todos los vicios pequeño burgueses que se me achacaban por lavarme las manos antes de comer, oler rico, pintarme las uñas, usar aretes, vestir jeans Levis con blusas bonitas y escuchar el álbum de los Beatles que mi hermano Martín me había regalado con su primer salario de funcionario público del Estado revolucionario.  Que mis amigas y yo no era que nos burláramos en la reunión de estudio del discurso del comandante Ruiz, miembro de la Dirección Nacional, porque decía que la Revolución era una condición “sine qua non” para salir de la pobreza, nos reímos porque no entendíamos qué significaba y que mi mamá decía que a nuestra edad reírse hasta de ver pasar una mosca cuando estamos en grupo era normal. Así se quedó atrás la niña del relato y llegó la adolescente que se creía capaz de sostener al mundo sobre un dedo. – Leer capítulo completo –