Capítulo XX

“Barajando recuerdos
me encontré con el tuyo.
No dolía.
Lo saqué de su estuche,
sacudí sus raíces
en el viento,
lo puse a contraluz:
Era un cristal pulido
reflejando peces de colores,
una flor sin espinas
que no ardía…”

             Claribel Alegría

En todos esos años, iba con mi mamá a las misiones que le correspondía cumplir por mandato del Frente, que era representado cada cierto tiempo por “contactos” o personas diferentes. En una ocasión la acompañé a realizar una inspección de avanzada en un carretera hasta un camino de tierra que conducía a una casa de playa oculta en la que habría una reunión con alguien que después supe era el jefe de la tendencia a la que pertenecía Martín y uno de los miembros de la dirección nacional del FSLN. Lo que nos correspondía hacer, era viajar hasta el lugar para asegurarnos de que no había guardias, ni movimientos que arriesgaran a las personas que llegaban y luego nos regresábamos hasta un punto en que ellos esperaban en otro auto para avisarles que todo estaba bien.

El otro auto era conducido por una muchacha, hija de una amiga de mi mamá que estaba colaborando con el Frente sin que su familia lo supiera. Por supuesto que mi curiosidad no tendría control y no dejaría de hacer el intento de ver quiénes eran los que viajaban pero llevaban las cabezas envueltas en unas toallas para que no pudiéramos verlos. Cuando íbamos guiando el camino a la casa se le ponchó una llanta a su carro en el lodo, tuvieron que pasar bastante tiempo envueltos en la toalla y no recuerdo que hubiesen ayudado a cambiar el neumático. Los llevamos al lugar y nos fuimos.

En esa misma casa que estaba a la orilla de un estero, después de algún tiempo sin ver a mi hermano, pasamos un fin de semana de vacaciones en su compañía, un espacio privilegiado que no era sencillo de obtener. Martín y yo no recuerdo que tuviésemos muchos diálogos, él hablaba, me preguntaba cosas y yo lo escuchaba o respondía brevemente a sus preguntas. Mientras estaba con él, sentía una felicidad triste, difícil de describir, solo sabía que era un tiempo que no quería que acabara nunca.

En uno de esos diálogos-monólogos estábamos ese fin de semana, bañándonos solos en el agua mansa del estero mientras sonaba en la radio la canción de Nino Bravo, “al partir un beso y una flor/ un te quiero una caricia y un adiós / es ligero equipaje para tan largo viaje/ las penas pesan en el corazón / más allá del mar habrá un lugar/ donde el sol cada mañana brille más / forjarán mi destino las piedras del camino / lo que nos es querido siempre queda atrás / buscaré un lugar para ti / donde el cielo se une con el mar / lejos de aquí…”