Capítulo VII

Tienen que traer de tarea un cuento elaborado por ustedes, dijo mi profesora de primer grado, con su voz fuerte y su porte grandote. Pasé toda la tarde escribiendo y dibujando en las cuatro páginas del pliego del “papel de oficio”, un papel a rayas de tamaño legal de dos hojas unidas entre sí que vendían en ese tiempo. Escribí un cuento que se llamaba “la niña que quería ser monja” y trataba de una niña muy pobre que quería ser monja pero por su pobreza no podía, o sea, era una historia perfecta de “cepillada” sin intención. El cuento les encantó a las monjas, llamaron a mi mamá para contarle y la madre Martha, la directora, me llevó a su temida oficina, abrió una gaveta de su escritorio y me dijo que escogiera todos los caramelos que quisiera de un montón de bolsas que tenía guardadas.

Mi vida giraba en mundos paralelos en los que hacía cosas totalmente distintas que involucraban a personas de varios tipos y en las que mi personalidad expresaba facetas diferentes. Mi casa, el vecindario y después el colegio. Con las monjas me llevaba bien, era tranquila y buena alumna. Con mis compañeras era tímida pero con relaciones normales, aunque algunas me imagino que me verían como una “nerdita” insoportable, de esas que molestan porque hacen todo bien y no se meten en problemas, pero yo sentía que andaba un mundo de secretos en mi interior que no podía compartir, que me hacía percibirme mayor a ellas y por eso estaba obligada a ser  seria.

A veces ni sabía por qué sucedían las cosas en el colegio. Como el día en que la madre Rosario con su hábito gris y su enorme presencia, se paró en la puerta de mi aula de segundo grado y me dijo: “Sal del aula y sígueme”. Era una viejita española, gordita, temida y enojona que me daba clases de catecismo y en secundaria impartía gramática. Caminé detrás de ella por todo el pabellón de primaria y atravesamos medio colegio hasta llegar a la secundaria. Me llevó al aula de segundo año de secundaria, en donde estudiaba mi hermana mayor y me dijo autoritaria que respondiera sus preguntas sobre el catecismo. Sin entender nada, respondía lo que me preguntaba en un escenario extraño para mí, sus alumnas me veían mientras tanto y yo obedeciendo. Hasta que detuvo el interrogatorio público e increpando y escupiendo, como solía pasarle cuando se enojaba, les empezó a decir: “¿No les da vergüenza? ¡Ustedes, grandes y viejas, que venga una niña de segundo grado a enseñarles el catecismo!”. Y para rematar mi desconcierto, todas se rieron a carcajadas, con ese aire retador, de dizque adultas, que se respira cuando uno inicia la secundaria. Y yo con mis siete años, entre apenada y orgullosa esperé que me mandaran de regreso a mi aula.

Y siguieron pasando cosas que no buscaba. Después de una tarea de elaboración de unos ensayos, me escogieron para representar al colegio en un concurso municipal de redacción y también gané el concurso departamental. Me dieron un premio en la plaza de una iglesia cercana a mi casa en el acto del desfile del día de la Independencia, que me lo entregó el Comandante de La Guardia, tengo una foto del momento en la que veo resaltar mi nariz respingona y una pancita que me persigue todavía en las fotos de adulta. También me gustaba mucho pintar y recibía clases. Gané algunos premios en concursos, incluyendo una mención especial en un concurso infantil de la UNESCO sobre Venecia, a puras fotos porque todavía no conozco esa ciudad. La pintura premiada eran unas góndolas ancladas una tras otra en un canal al atardecer, de colores negros y verdosos, una pintura triste y simple. La última que imaginaría ganadora.

Mis amigas más cercanas del colegio tenían personalidades parecidas a la mía, tímidas, tranquilas. Nos quedábamos a dormir juntas de vez en cuando, salíamos en paseos a la playa con sus padres, celebrábamos los cumpleaños, estudiábamos y veíamos Chespirito -la primera vez que lo ví en colores fue en un aparato de televisión recién comprado  en la casa de mi amiga Guadalupe-. Con algunas, las relaciones fueron duraderas, pero aparecían otras a partir de los intereses del momento. Había rachas de deportista en las que jugaba kick ball y me juntaba con las que hacían lo mismo o rachas de fresca en que me juntaba con las relajadas, pero siempre regresaba a las inteligentes y tranquilas que eran las amigas de verdad y mientras tanto a María José no la sustituía. Tenía también una amiga en Masaya y me iba a pasar vacaciones en su casa y otra en Boaco, prima de María José, con la que me escribía cartas y a la cual visitábamos a veces.

En la Navidad de tercer grado mi madrina me regaló una guitarra  que era casi de mi tamaño. Aprendí con un profesor que por las noches formaba parte de un trío tocando en bares. El primer día que llegó, él me colocaba la guitarra hacia un lado y yo la volteaba para el lado contrario. Nos tardamos unos minutos en concluir que así estaba más cómoda porque soy zurda. Cambió todas las cuerdas para poder usarla. Me enseñó a tocar todas las canciones de amor que se contratan para las serenatas nocturnas. Decía que con esas se aprendía a tocar guitarra de verdad, con arpegios y no con ritmos “charranga changa”. Aburrida de “Tres regalos”, “El candado”, “El Reloj” y “Perfidia”, que eran un repertorio solo para tocarlo escondida en el baño de mi cuarto o entre las amigas de mi abuela, por fin me enseñó las canciones de Carlos Mejía Godoy. Yo me soñaba tocando algo así como “Los sonidos del silencio” de Simon and Gurfunkel, o al menos una  canción de Mocedades y no pasaba de “un candado tiene el corazón…”

Mi máxima expresión de rebeldía en toda la primaria, fue haber sacado cinco en conducta en sexto grado en el año setenta y siete, por estar comiendo goma de mascar.  Parecía que algo  había empezado a transformarse sin que yo me diera cuenta.