Capítulo XIV

Me transporto a un viejo teatro de mi ciudad, sentada junto a mi padre, apoyada sobre mis piernas para tratar de ver por encima de todas las cabezas. Tenía cinco años y estábamos asistiendo al espectáculo de un mago faquir italiano, totalmente diferente a los circos visitantes a los que estaba acostumbrada. El mago hizo muchas cosas. Vendado adivinó colores, tamaños de objetos que portaban personas del público que habían subido al escenario voluntarias, algunas de las cuales yo conocía. Se acostó en una cama de clavos e hipnotizó a su novia haciéndola levitar y luego la dejó en estado de hipnosis por cinco días. Al final, el cierre del show era acompañarlo a enterrarla en el parque central de la ciudad.

Todas las personas salimos del teatro, en marcha junto al ataúd abierto, tal cual asistíamos a un funeral real. Fuimos a verificar cada palada de tierra que le echaban y a observarla a través de una abertura en una especie de canal de madera que le dejaron sobre la ventanilla de vidrio abierta del ataúd, por la cual se podía ver su rostro. Justo para que ella pudiera respirar y el público pudiese constatar que estaba allí. Podía llegar cualquiera a observarla por unos minutos después de pagar una cantidad de dinero. Hasta el quinto día, en que la desenterró delante de todos los presentes, la sacó de la hipnosis y la llevó en una ambulancia al hospital para que la hidrataran.

Pienso en ello y me encuentro sin querer saber aún si la novia del faquir enterrada en el parque, estaba realmente hipnotizada o la sacaban del hoyo por las noches, cuando cerraban la carpa que la protegía, no quiero perder la magia pensando que se trataba de unos simples trucos. Como parte de los recuerdos mágicos, llega mi abuela y su relación con los seres del más allá, de otra dimensión o de su imaginación.

Las anécdotas de experiencias extrasensoriales en la familia de mi madre fueron mis favoritas de niña. Mi mama y mi abuela, las contaban casi siempre riéndose, pero dejando en el aire la percepción de que realmente habían pasado.

La abuela hablaba poco de sí misma conmigo, por eso escuchar de mi mama sus anécdotas me acercaban a ella y me hacían verla de forma diferente a la viejita tranquila que cuidaba su jardín y rezaba. Me impresionaba escuchar directamente de la abuela o en versión reproducida por mi mama, la primera experiencia que ella había experimentado a los nueve años, cuando su madre, mi bisabuela, había salido en un viaje en carreta a Matagalpa, enfermó de pulmonía y murió. La abuela contaba que en el supuesto momento en que había muerto su mamá,  llegó a despertarla a su cuarto, la abrazó y besó vestida con el mismo vestido que después traía puesto cuando regresaron el cadáver desde el otro pueblo.

Mi abuela vivió después en compañía de su abuela materna, porque su padre, un general del ejército, que no la había reconocido, solo llegaba eventualmente a visitarla. Me imagino que su principal consuelo en sus momentos de tristeza debe haber sido imaginar a su madre cuidándola desde algún lado en que la observaba, igual que el día en que llegó a despedirse.

Mi abuela tenía una pariente médium que vivía en Managua, a la que visitaba con alguna frecuencia cuando viajaba a comprar mercadería para la tienda y le encomendaba encuentros con seres del más allá sin que mi abuelo supiera que lo hacía, porque dicen que era un hombre serio y formal a quien no le hacían gracia las pérdidas de tiempo con disparates. En una ocasión la abuela le pidió a la médium invocar al espíritu del doctor Jean-Martin Charcot, un médico francés muerto a fines del siglo XIX, famoso por sus investigaciones del sistema nervioso, para consultarle sobre unas manchas que mi abuelo tenía en la piel.

Hicieron dos invocaciones, la primera para explicar al médico lo que sucedía y la abuela se quedó en Managua hasta el día siguiente en que hicieron la segunda invocación y el espíritu del doctor recetó aplicarle sobre las manchas unos bulbos de lirio enterrados por varios días en agua florida. Dice mi mamá que el abuelo sin saber nada le contó a la abuela que había soñado con la visita a su cama de un hombre vestido muy elegante y con leontina, sintió la cama hundirse, le levantó la camisa y le tocó las manchas. El abuelo se curó con el tratamiento.

También contaban cuando la abuela había solicitado a la médium que le asignara el espíritu de un ángel guardián como protector de la familia y le escogieron al espíritu de “Benicio”. Posterior a eso, una madrugada despertó con el sonido de unas piedritas tiradas contra el vidrio de la ventana de su cuarto que daba al patio central interior de la casa y al abrir la cortina para identificar de dónde procedía el ruido, observaron que se estaba incendiando la cocina y mientras se levantaban corriendo a apagar el fuego, vieron a un señor sentado en una silla mecedora de la sala, pero pensaban que era un conocido que había participado en una mesa de juego de cartas que habían tenido la noche anterior y se había quedado dormido. Al controlar el incendio que estaba iniciando, aún sin abrir las puertas de la calle, buscaron a la persona y no lo encontraron en la casa.

Cada vez que mi mama repetía estos relatos, me dejaba llena de dudas existenciales sobre el más allá. A mí los muertos me daban mucho miedo y cuando murió el tío José que vivía con nosotros yo pasaba en las noches por su cuarto a velocidad de carrera de cien metros, a pesar de que había sido mi cómplice y consentidor. El último de estos cuentos, me lo narró mi mamá al regreso de mi largo viaje fuera del país, fue sobre la visita que le hizo a ella Róger, el guerrillero de la carta, a quien mi mami dice haber visto en nuestra casa el día que murió por causa de un ataque de La Guardia al lugar en que estaba escondido. Ella estaba cocinando, Róger apareció en la cocina y luego lo vio sentarse en el comedor, en el mismo lugar que utilizaba cuando muchos años antes había convivido durante meses con nosotros, sin decirle nada, pero sonriendo por unos minutos hasta que desapareció.

No es una historia que ella contara a muchos porque no es congruente con su personalidad racional e intelectual, pero tiene certeza de haberla vivido, así como sentía tristeza de no poder haber vivido una igual con mi padre después de que este murió en el noventa, durante meses en que estuvo realmente triste por su pérdida, la pérdida de su compañero incondicional y amoroso que era una de sus fuentes de felicidad, aunque ella ha sido su propia fuente de energía y felicidad. Le tomó algunos años recuperar su chispa natural después.

Yo tengo en mis sueños algunos encuentros fenomenales con mi padre, lo toco, le beso su frente, le meto los dedos en su pelo como solía hacerlo siempre, siento su aroma y él me abraza llenándome de paz. A veces viene acompañado de mi hermano Jacinto, divertido y sonriente. Ojalá me pasara con más frecuencia.