Capitulo III

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

Benedetti

Fui la quinta hija de una familia de siete. Nací con cinco años de diferencia entre cuatro hermanos mayores Martín, Edgar, Jacinto y Lola; cinco años después que yo nacieron dos hermanos menores, Ernesto y Esther. Mis hermanos mayores tenían un año de diferencia entre cada uno. Familiarmente se contaban también a José María y Carmen, los dos hijos no nacidos por embarazos fallidos de mi mama a quienes curiosamente se les dio nombre y espacio entre las memorias, como si mis padres supieran de la existencia de la teoría familiar sistémica de Karl Ludwig y pretendieran transparentar todas las vivencias, no dejar a nadie, ni nada oculto, al menos en este tema.

Mis hermanos grandes tenían entre sí ese vínculo típico que solo aprendí a identificar mucho después en mis propios hijos, de amor-odio-complicidad-tolerancia que se construye en esa cercanía insustituible de quienes viven y juegan juntos desde que nacen. Sé que me querían, cada uno con su estilo personal, pero lo cotidiano era que me ignoraran. Hasta la llegada de mi adolescencia fueron para mí casi como unos extraños que me provocaban la misma pena que me generaban los adultos. Obvio que los quería, pero como no me relacionaba fácilmente con los adultos, tampoco me relacionaba fácilmente con ellos. Salieron todos de la casa de uno en uno a vivir en otras ciudades para estudiar. Martín se fue desde que yo tenía cuatro años. La diferencia de edades entre nosotros era lo suficientemente grande como para que no supiera lo que pensaban o sentían y ellos no supieran las ideas que siempre estaban cruzando por mi cabeza. Por una palabra que les decía, tenía quinientas pensadas que callaba. Era lo que me sucedía mucho con los mayores. Conocí hace unos años a una niña, que era la menor de sus hermanos y rondaba siempre a su madre en silencio. Todo el tiempo nos veía y escuchaba muy seria, mientras sus hermanos mayores y sus primos, sonreían, gritaban y conversaban. En ese sentido su personalidad me recordaba a mí misma. Me imaginaba que su pensamiento estaría llena de opiniones e ideas que no salían. Ahora es artista. Dibuja en grafito, rostros de expresiones duras, hiperrealistas y uno que otro sonriente o rostros perdidos de un mundo surrealista. No la he vuelto a ver.

Edgar, el segundo de mis hermanos, tenía una forma peculiar de demostrar su cariño haciendo como que no te quería. Me prestaba atención alguna vez y me daba una vuelta por la ciudad en bicicleta o me regalaba un dulce de leche que como privilegio no había escupido como hacía con todos los que compraba para que nadie le pidiera y le encantaba hacerme quedar en ridículo por las cosas que yo decía. Siempre tuvo una habilidad especial para colaborar y resolver problemas prácticos de la casa, sabía cocinar y reparar todo lo que se descomponía. Es inteligente y de los que hace presencia inmediata para apoyar a la familia en las emergencias médicas. Se fue a los Estados Unidos cuando se bachilleró para aprender inglés y me escribía diciendo que si llegaba a las cuarenta libras de peso me traería un gran regalo cuando volviera. Regresó y no las había alcanzado. De todas formas me trajo el regalo.

Lola, mi hermana mayor me llevaba a veces a visitar la casa de sus amigas, a pasear  y me permitía estar metida en sus pláticas. Me divertía viendo a sus amigas suspirar por Martín, mi hermano mayor, cuando llegaban a nuestra casa. También me permitía acostarme con ella en mis noches de pesadillas. Dormíamos en el mismo cuarto que nos construyeron cuando llegó el otro, el hermanito que nació después. Somos distintas pero marcadas por la característica de sentirnos responsables de todo lo que sucede en nuestro universo inmediato, es capaz de compartir espontáneamente todo.

En nuestro cuarto, su cama y su clóset estaban ordenadísimos y lo mío la mayor parte del tiempo estaba desastroso. Siempre andaba nítidamente vestida con la ropa que nos hacía mi mamá, mientras yo vestía de shorts y camisetas porque me picaban las telas. Su pelo estaba bajo control con la práctica de entrabados chinos que se hacía, mientras mi cabeza insistía en estar desastrosamente “charraluda”. Lo más gráfico en las diferencias era el respaldo de madera de mi cama lleno de recortes de las figuritas de la colección creada por Kim Casali, “Amor es…” con los mensajes románticos de los dos muñequitos desnudos y dulces que se decían cosas que me hacían suspirar y  a ella la ponía loca que estuviese arruinando la madera pegándolos.  La veía  linda y tranquila. Tenerla cerca me hacía sentir acompañada y protegida.

El día que nació Ernesto yo tenía cinco años y todos los que nos visitaban insistían en que después de haber sido “única” durante tanto tiempo, el bebé me había “botado de la silla”, expresión que se dice de un recién nacido que desplaza al hermano anterior. Me generó mucha ansiedad ver salir a mi mamá temprano para tener al bebé y no poder estar cerca de ella hasta que llegó Lola del colegio, me tomó de la mano y salimos corriendo hacia el hospital. Fueron sensaciones encontradas, por un lado la angustia que me produjo ver a mi mami decir incoherencias bajo los efectos de las anestesias aquellas que hacían alucinar a las personas y por otro, la emoción que sentí por el bebote bonito, listo para portada de revista y para dejarse cuidar por mí. Me gustaba oírlo hablar y ver sus cambios de humor que pasaban de la alegría extrema a la malacrianza y el drama. Es un tipo genial. Pasó de ser un infante terrible que rompía todas las reglas de buena conducta a un hombre infinitamente trabajador, divertido y sensible.

Esther es mi última hermana, singular y extrovertida, que vivía como para el espectáculo, haciendo y diciendo siempre cosas ingeniosas y divertidas. Nació cuando mi mama había pasado la raya de los cuarenta, siete años después que yo. Una beba hermosa que traía el gen de las decisiones firmes bien arraigado y la sonrisa para lograr cualquier cosa. Bailaba y bailaba con todo lo que sonara a ritmo, decía que sería bailarina clásica y me encantaban sus particulares expresiones de amor, es dueña absoluta de la habilidad de ser feliz, reinventarse y adaptarse. Repitiendo el ciclo, para Ernesto y Esther supongo que también fui ajena y sentirán que los ignoré hasta que fueron adolescentes, como hicieron conmigo los mayores. Mis hermanas y yo nos hicimos amigas cuando crecimos.

Ninguna novedad es que diga aquí que mis hermanos no desaprovechaban nunca la oportunidad de molestarme. Todos los hermanos mayores hacen lo mismo.  Como hicieron el día que encontraron un papelito que escribí cuando tenía seis años, para el muchacho electricista a quien veía igualito a Alberto Cortés. Por cierto feo él y feo Alberto Cortés. De pronto los vi a todos riendo, Martín se subió en una silla frente al aparato de televisión y empezó a leer mi carta con voz melodiosa y burlona, como declamando un poema. El papelito era una declaración de amor prediciendo nuestro matrimonio lleno de muchos hijitos, a nivel de Susanita de Mafalda. Él leía y leía a grito partido y yo gritaba y gritaba queriendo que la tierra me tragara, entre sus risas. Mi mamá haciendo el esfuerzo por no reírse junto con ellos me abrazaba y decía mientras tanto que sería una linda mujer y una linda mamá-. Fue claro mi gusto y el de mis amigas por el sexo opuesto y la maternidad desde muy atrás.

De Jacinto y Martín les contaré otro día. Martín se hizo guerrillero.