Capítulo XVI

Creo que a todos los niños que vivimos en pueblos pequeños nos ha tocado sufrir alguna persecución en nuestra infancia, especialmente a las niñas a quienes en el mejor de los casos nos perseguían y nos tocaban en la calle, aunque no fuera de manera dramática como para trauma. No recuerdo por qué siempre callé y no se me ocurrió nunca contárselo a mi papa o a mi mama. Me daba pena, me sentía avergonzada, lo mismo que sentía con cualquier conversación o película que escuchara relacionada a sexo. Supongo que pensaba que no me volverían a dejar salir sola y ese era un precio alto que no estaba dispuesta a pagar para acabar con mis temores, bastaba con ser precavida y correr muy duro cuando fuese necesario.

Cada vez que salía de mi casa y tenía que pasar por una esquina que llevaba hacia la parada en donde tomaba el autobús del colegio o en donde debía pasar con frecuencia para ir a la iglesia, o a la casa de una amiga, vigilaba a distancia en estado de alerta si no se divisaba la imagen de un hombre que manejaba un carretón en el que transportaba carga, muy parecido al actor Danny Trejo, quien por cierto siempre hace papeles estereotipados de latino delincuente. El hombre medía como dos metros de alto, con los dientes manchados y grandes. Me perseguía para tocarme la cabeza y me decía: “! Qué chavalita más bonita!”. Con un tono más de dulzura que de acoso pero que me causaba pánico.

Otras veces, la que me perseguía, era una mujer joven con apariencia masculina, que se encontraba en el atrio de la iglesia que yo visitaba para andar en bicicleta o a pasear a mis hermanos pequeños en sus cochecitos. Esta me sonreía de manera no exactamente dulce diciéndome “bonita” y lo demás nunca lo escuché porque ya había empezado a correr sin parar hasta llegar a mi casa o a mi punto de destino. Tiempo después a partir de los once años, cuando mi apariencia ya había cambiado bastante y sobresalían mis pechos grandes, empecé a convivir desconcertada con el efecto que producía mi cuerpo en los hombres al caminar por la calle sin hacer nada que llamara su atención, excepto ser yo misma y no sabía qué hacer con las tocadas abusivas que algunos de ellos se atrevían a hacerme, es una sensación de humillación que me negué a aceptar como normal y empecé a reaccionar siempre con golpes y malas palabras; tampoco recuerdo que fuese un tema que tratara con mis padres, ni que mis padres trataran conmigo.

A María José la perseguía otro hombre, de baja estatura y pelo castaño, crespo y largo que se peinaba con “el partido” a un lado. También de casualidad se lo encontraba alrededor de la misma iglesia cercana a nuestra casa y en más de una ocasión nos tocó corrernos juntas de él. Este parecía que era un “oreja”, soplón de La Guardia que vigilaba su casa de vez en cuando.