Capítulo XI

Durante mucho tiempo al recordar los eventos relevantes, aparecían emociones o sensaciones particulares. Las emociones en mi memoria tienen sonidos, olores y colores. La más constante y blanca con olor a lluvia mojada, era la paz que sentía acostada entre mis padres en su cama, costumbre eterna que perdí hasta que mi papá murió y que todavía añoro con serenidad. La segunda, azul y con olor a mar era la alegría de hacer cosas siempre diferentes y retadoras en cada uno de mis días, tenía tantas opciones de cosas que hacer, de temas en que pensar que no recuerdo haber estado aburrida alguna vez. La tercera emoción, color verde oscuro y olor a calle con desperdicios, era la del estado de alerta que me disparaba la adrenalina ante el miedo, que se fue haciendo más continuo en la medida que transcurrieran los años y empezaron a pasar cosas que nos confrontaban como familia con la experiencia de vivir en dictadura.

Esta última forma de reaccionar ante el miedo fue parte del entrenamiento inconsciente y cotidiano que recibí de mis padres, para sobrellevar con sentido práctico todos los riesgos que viviríamos quién sabe por cuánto tiempo. Para aprender a actuar apropiadamente ante todas las hipotéticas situaciones en las que nos podríamos encontrar y para tomar siempre todas las medidas de seguridad posibles, que nos permitieran pasar desapercibidos en algunos momentos y cuidarnos de los “orejas” y de La Guardia. Sobre todo para aprender a proteger a todos los clandestinos que pertenecían al FSLN con quienes nos relacionábamos y particularmente para cuidar a nuestro hermano Martín.

El estado de alerta temeroso pasó a ser entonces  un estado natural que me enteré que lo tenía cuando dejé de sentirlo al pasar la frontera hacia Costa Rica en un viaje por tierra que hice a los diez años con uno de mis hermanos y mi papá. En ese viaje me sorprendió dejar de sentirme así y supe que vivir en una sociedad diferente tenía un gran valor mientras pensaba que todos los que caminaban en las aceras de San José no sabían lo que tenían, fue una tregua al miedo que duró los cinco días que duró el viaje.

Desapareció de mí como sensación perpetua el diecinueve de julio del setenta y nueve. Me sentí tan liviana, tan tranquila, que no puedo dejar de pensarlo todavía como el día más feliz de mi vida, fui tan feliz, tan feliz, que nada de lo desagradable que me estaba pasando en esos meses tuvo tanta importancia a partir de entonces, ya había pasado lo peor, era capaz de aguantar cualquier cosa.  Ironías de la vida porque un montón de gente empezó a sentir lo contrario a lo que yo sentí a partir del mismo día.

No obstante, me quedó para siempre la misma forma de reaccionar ante el miedo, se me dispara el alerta y mi cerebro en fracción de segundos multiplica las opciones de decisiones que tomar para intentar resolver las situaciones y actúo. Brotan de mi inconsciente los planes para cada emergencia: incendios, temblores, guerras, muertes de viejitos, accidentes. La familia vivió muchas circunstancias fuera de lo común pero no recuerdo nunca que las dificultades fueran tragedias.

Mi abuela como a los noventa años solía llamar por teléfono a “las muchachas”, sus primas casi de su edad, para conversar. Algunas de ellas solteras con poco sentido del humor y con la tendencia a poner “sal en las heridas”, como suele decirse de quienes insisten en martirizar o martirizarse recordando eventos desagradables. Un día de esos la escuchamos y vimos que después de haber iniciado una conversación alegremente iba cambiando su semblante hasta ponerse casi a llorar, al finalizar dijo: “!Qué desgraciados hemos sido nosotros, con tantas tragedias que hemos vivido! La fulanita me hizo el recuento: la operación de fulano, la enfermedad de Jacinto, la caída de la casa de ustedes (mis padres tuvieron su propio terremotito antes que yo naciera y se cayó el segundo piso en el que vivían), el incendio, la guerra”. La escuchamos, nos reímos y mi mami le dijo: “¿Ah sí? No me di cuenta, no he tenido tiempo para sentirme desgraciada”.

Cuando recuerdo las reacciones ante las situaciones de alerta, que con frecuencia vivimos como consecuencia de la dictadura y de la opción política que la familia decidió tomar, no puedo evitar pensar también en lo que sucedía en mi familia cuando había sismos. Los temblores eran especiales en mi casa porque las paredes altas con estructura de piedra y madera crujían. No es muy probable que hubiésemos sobrevivido a un terremoto.

Cuando temblaba, el ritual era que mi mami gritaba a todo pulmón anunciando el TEMBLOOOOOOR y bajo los ruidos terribles que hacía la estructura de la casa todos corríamos como locos al patio central, mientras mis padres terminaban de sacar en una silla de madera con rodos al viejito, al enfermo o al bebé de turno. Allí permanecíamos un rato y si no volvía a temblar, regresábamos a la cama y dejábamos las puertas de los cuartos abiertas. El día del terremoto del setenta y dos fue particular, porque mi papá estaba de turno en el hospital y hubo una explosión fuerte, ocasionada por una bomba que tiraron desde un camión en la plaza de una iglesia cercana a mi casa, mientras iba pasando un hombre que quedó con sus extremidades perdidas a metros de distancia.

Mi papá, que era cirujano, estaba operándolo e intentando unirle sus miembros arteria por arteria, justo cuando sucedió el temblor que sentimos en mi ciudad por el terremoto. Mientras tanto, mi hermano Martín, que entonces tenía quince años, estaba en la catedral de Managua junto con otros amigos en una toma política junto al padre Fernando Cardenal pidiendo por la liberación de unos presos políticos creo. Mi papá cuando terminó de operar salió a prestar un camión y se fue para Managua en la madrugada a buscar a Martín sin tener idea de lo que le había pasado, y rescatar a su hermana, mi tía Lore, la dueña de la farmacia en la que me comía los caramelos de la tos, para traerla con toda su familia a nuestra casa.

A mi hermano Martín no le había pasado nada. Estaban ayudando a rescatar heridos de entre los escombros cuando mi papá lo encontró. A mi tía y su familia tampoco. Mi tía se fracturó un brazo a los pocos días en el patio de mi casa por recoger algo del suelo. A partir de ese día y durante no sé cuántos años dormí con un maletín de mano a la orilla de mi cama que contenía mis pertenencias más importantes incluyendo varios calzones por supuesto. El hombre al que le explotó la bomba murió días después. El traslado de mi tía con mi prima y sobrinos a vivir frente a mi casa con todo y la farmacia me abrió otros espacios para jugar. Ahora ya no solo vendía en la tienda, sino que podía escoger ir a vender a la farmacia y despachar un peso de vaselina o brillantina para el pelo, sacándola con una cuchara untándola en un trozo de papel bond especialmente cortado para ello y envolviéndola como paquetito.