Capítulo XVII

En ese mundo de tres dimensiones que vivía, con María José ideaba formas de ganar dinero trabajando para  financiar nuestra diversión. Para comprar penecas y aumentar mi colección, comprar bolis, cajetas de “coyolitos” e ir a la matiné los domingos en la mañana en un cine nuevo que tenía una sola categoría de asientos y publicitaba sus películas en carteleras con letras con imanes. Diferentes a los otros cines viejos de mi ciudad que tenían dos categorías de asientos, los de platea y los de luneta y los anuncios de las películas los hacían en carteles pintados a mano que pegaban con almidón en los postes de luz en las esquinas.

En esa búsqueda de plata, cuando tenía ocho años, además de limpiar la casa al chinito Luisito, acordamos hacer un vivero de plantas para venderlas a las amigas de nuestras madres en el vecindario. La fuente de donde obtendríamos las plantas sería el jardín de mi abuela, quien accedió a ayudarme a preparar algunos hijitos en unas bolsas plásticas y compraríamos algunas otras a una viejita que llegaba a la puerta de mi casa a venderlas, pero el dinero ya no nos alcanzaría para las maceteras en que deseábamos sembrarlas para pintarlas y venderlas bonitas. Decidimos entonces que robaríamos algunas a vendedores que llegaban una vez a la semana con un camión cargado de ellas en todos los tamaños y las acomodaban en la acera de enfrente de mi casa. Cuando habíamos iniciado nuestro primer robo fuimos sorprendidas en la casa de María José por Ligia, una guerrillera clandestina que estaba en su casa y nos regañó muy fuerte, diciéndonos que si no nos daba vergüenza robarle a gente pobre que tenía la venta de sus maceteras como única fuente de ingresos y nosotras al extremo de la pena renunciamos para siempre al negocio.

Por cierto, Ligia después nos envió a repartir papeletas y comunicados de propaganda anti somocista al mercado. Teníamos que ocultarlos en los canastos de la gente sin que nadie nos viera y lo hacíamos a la una de la tarde en que había menos gente. Llevábamos las papeletas metidas debajo de nuestra camisa, vigilábamos que nadie nos estuviera observando y las dejábamos entre los canastos o entre las cosas que vendían. Supuestamente de la forma más discreta, pero íbamos vestidas cada una con el uniforme del colegio al que asistíamos. No imagino qué hubiera pasado si alguien nos hubiera visto en el momento en que las dejábamos ocultas debajo de los plásticos que tapaban los canastos o sobre las frutas y la ropa. No sé cuántas veces lo hicimos pero no tuvimos ninguna duda de que así tenía que ser sin alternativa. Ligia es una de las guerrilleras que después estuvo en prisión torturada y cuando ya había salido la visité con mi papá en Costa Rica. La encontré muchos años después y no me recordaba.