Capítulo X

En la vida de todos pasan  cosas que son más o menos importantes. En la mía pasaron muchas que tendrán que ver con mi yo de hoy, como dirían los psicólogos. Particularmente las historias de dos de mis hermanos, Jacinto el que tenía una discapacidad y Martín el que se hizo guerrillero. 

Antes que yo naciera, Jacinto el tercero de mis hermanos mayores fue diagnosticado a los cinco años con un tumor cerebral. Luego de muchas radiaciones y operaciones, perdió gran parte de sus facultades y fue un discapacitado para siempre, hasta que murió a sus cuarenta y ocho años. Esto podría parecer un cuento trágico que marcara a una familia con una sombra oscura sobre sus cabezas, pero no lo recuerdo así. Hago el esfuerzo de buscar en mi memoria imágenes constantes de drama por esto y no aparecen.

Llegué a esta crisis un poco tarde y por eso no sufrí su lado más amargo. Cuando aparecí en la familia ya había pasado la peor parte. Recibí particularmente de mi mama la insistente gratitud de que estuviese con vida día a día. Mi mama me contaba repetidas veces cómo había sido su enfermedad y particularmente, la anécdota durante estaba siendo operado en un hospital en Nueva York, después de estar postrado en coma durante meses de tratamientos y cirugías. Decía que un día en que estaba sola porque ya no alcanzaba el dinero para que mi papá permaneciera allá, a Jacinto le iban a hacer una cirugía más del montón que habían pasado. Y cuando lo llevaron a la sala de operaciones, se fue a la capilla del hospital a rezar durante mucho rato, pidiendo la oportunidad de tenerlo más tiempo con vida, cuando de pronto llegó corriendo una enfermera alegrísima a buscarla, para decirle que Jacinto se había despertado y estaba sentado en la sala de operaciones preguntando por su mamá. Ella revivía toda la emoción del momento cuando me contaba el cuento.  Corrió a la sala de operaciones, entró, él la vio y le dijo: “mamá tengo hambre”.

Regresaron a casa con él en silla de ruedas y dicen que tuvieron que enseñarle a hacer todo de nuevo como a un bebé, para lo cual cada uno tenía un rol designado. Imagino el impacto que debe haber tenido en mis hermanos mayores esa etapa en que uno del clan de cuatro, de pronto se enfermó hasta casi la muerte y que ya no pudo ser nunca más el mismo de antes. Al Jacinto que conocí le costaba hablar fluido, caminaba con una pierna un poco coja y olvidaba algunas cosas. Razonaba como un niño, hacía operaciones matemáticas con una facilidad increíble, se sabía las tablas de multiplicar de memoria, tenía un corazón de oro, se reía a carcajadas y sonreía todo el tiempo, platicaba con todo el que lo quería escuchar, comía mucho, se enojaba si le quitabas sus espacios en la televisión o su comida y le encantaba cantar desentonado una canción horrible que decía: “por qué se fue y por qué murió, porque el señor me la quitó, se ha ido al cielo y para poder ir yo, debo también ser bueno para estar… con mi amor

Mis padres intentaron hacerlo vivir activo. Con la solidaridad de la directora de una escuela cercana a nuestra casa y otra maestra amiga, entró a la escuela nuevamente. La maestra recibió entrenamiento especial para atenderlo e iba cambiando de grado junto con él hasta que terminó su primaria. Una época en que solo se conocía a una señora rusa en todo Nicaragua para atender niños con capacidades diferentes.

Un psicólogo y su esposa logopeda, habían llegado al país recién graduados. Atendían en Managua, por lo que Jacinto se fue a vivir allí con una familia amiga. Lo hospedaban de lunes a viernes y él asistía a clases y terapias todos los días. Casualmente el día del terremoto, había llegado de regreso a nuestra casa por vacaciones de Navidad y la cama en la que dormía en Managua quedó partida en dos por una pared.

Después del terremoto, mi madre se empeñó en la creación de una escuela de educación especial. Buscó  fondos  en AID, formó una junta directiva con otros amigos que tenían hijos también con discapacidades. Una señora enfermera gringa miembro del Cuerpo de Paz, vino a hacer su voluntariado por muchos años para organizarla. Entrenaron maestras, consiguieron una casa para instalarla y después de un tiempo empezó a funcionar. La acompañé en reuniones, la limpieza de la casa, la preparación de los materiales didácticos, el entrenamiento de las maestras y en el esfuerzo grande de tratar de entenderle a la señora gringa su español siempre pronunciado con una gran sonrisa, se llamaba Katherin. Cuando la escuela inició mucho antes del setenta y nueve, Jacinto ya no asistiría porque había terminado el sexto grado y tenía más de quince años, pero lo hicieron desde entonces otros niños.

No siempre era fácil tener un hermano con discapacidad, sobre todo cerca de las personas que no eran amigos de la familia y no lo conocían. Me obligaba a estar dando explicaciones todo el tiempo de lo que le había pasado, de las cosas que podía hacer y de las limitaciones que tenía. Me molestaba que le tuvieran miedo las personas a las que él les hablaba sin conocerlos. Era conversador, dulce y divertido. Me resultaba desagradable que se sintieran incómodas con alguien así. Era un niño con cuerpo de grande.

Me  hubiera gustado que lo trataran igual que como se trata a un niño. Y que cuando se ponía a narrar hazañas personales imaginarias, fantasiosas, como aquella recurrente, en que había cruzado desde la isla El Cardón hasta la playa de Corinto a nado, solo vieran en esa historia lo que habría hecho de verdad si no le hubiera dado el tumor o lo que él hubiese deseado hacer de verdad si su cuerpo se lo hubiese permitido. Necesariamente parte de la vida de mi familia giró alrededor de él y otra parte giró después alrededor de mi hermano mayor Martín, a partir de su decisión de ser guerrillero e integrarse al Frente cuando yo tenía siete años.