Capítulo XXVI

En un par de meses cuando estaba cargada de toda la energía que se respiraba en las calles,  entendí que nada había sido suficiente y arranqué a mis trece años, otra fase en la que me tocaría demostrar con creces a cuanto jefe me asignaban que no, que parecía, pero  que no era lo que ellos pensaban. Yo sí tenía “trayectoria revolucionaria” y era capaz de liberarme de todos los vicios pequeño burgueses que se me achacaban por lavarme las manos antes de comer, oler rico, pintarme las uñas, usar aretes, vestir jeans Levis con blusas bonitas y escuchar el álbum de los Beatles que mi hermano Martín me había regalado con su primer salario de funcionario público del Estado revolucionario.  Que mis amigas y yo no era que nos burláramos en la reunión de estudio del discurso del comandante Ruiz, miembro de la Dirección Nacional, porque decía que la Revolución era una condición “sine qua non” para salir de la pobreza, nos reímos porque no entendíamos qué significaba y que mi mamá decía que a nuestra edad reírse hasta de ver pasar una mosca cuando estamos en grupo era normal. Así se quedó atrás la niña del relato y llegó la adolescente que se creía capaz de sostener al mundo sobre un dedo.

En marzo del ochenta, empezó la Cruzada Nacional de Alfabetización, después de un par de meses de recibir entrenamiento en las madrugadas antes de asistir a clases al colegio y de pasar un montón de trabajo para convencer a las mamás y papás de las alumnas de mi colegio que las dejaran participar. Me correspondió quedar alfabetizando en una hacienda en el campo, a una distancia de cuarenta kilómetros de mi ciudad, no muy lejos de mi casa pero si lo suficiente como para encontrarme un mundo que no tenía nada que ver con aquel al que estaba acostumbrada. Era la responsable de una escuadra de veinte adolescentes mujeres de trece y catorce años, de mi edad. Estábamos padeciendo la falta de nuestros inodoros, del agua helada de la refrigeradora, de la comida rica, pero con ganas de estar allí.

Nos habíamos repartido entre las comarcas cercanas y nos distribuimos a todas las personas que tendrían que aprender a leer y escribir. Individualmente atendíamos tres colectivos diferentes de alfabetizandos que recibían clases dos horas diarias en horarios escalonados, a las diez de la mañana, a las tres de la tarde y el último grupo empezábamos a atenderlo a las seis de la tarde. Terminábamos a las ocho de la noche, cada una daba clases seis horas durante el día. Mis compañeras se tomaban las cosas de manera diferente entre ellas, algunas muy formales, otras divertidas, otras relajadas. Para ninguna era fácil estar pasando dificultades. Peleábamos, jugábamos, trabajábamos, compartíamos, llorábamos, cantábamos, bailábamos y sobre todo nos hacíamos más cercanas.

Un día casi al final de la Cruzada, me sucedió algo muy extraño.  Terminaba una larga jornada que había empezado a las cuatro de la mañana, levantando a mis compañeras de escuadra para iniciar la formación, hacer ejercicios y conversar sobre nuestras responsabilidades del día, arreglar nuestras camas, bañarnos, desayunar frijoles cocidos con tortilla y salir en caballos, a pie y en tractor cada una a iniciar lo que nos correspondía hacer ese día. Ordeñar vacas, “gradear” la tierra, recoger basura y jalar agua para ayudar a las señoras en sus ranchitos, hasta esperar la hora en que correspondía empezar a dar clases al primer grupo para enseñar a leer. Terminé mi día igual que siempre, muy cansada y con ganas de comerme un rico trozo de carne asada que solo en mi imaginación podía existir.

Me dormí profundamente mientras observaba a dos ratas que corrían sobre la viga del techo en mi cabeza y empecé a soñar. Soñé que me había casado con un hombre al que no veía el rostro, pero que tenerlo cerca me había sentir cosquillas en mi estómago, que subían y bajaban agradablemente. Teníamos varios hijos. No recuerdo cuántos, ni de qué sexo. De pronto eran niños, de pronto eran grandes. Y en uno de esos cambios de escenas sin lógica que se suscitan cuando soñamos, empecé a ver a esos muchachos correr y gritar, perseguidos, pateados y garroteados por unos enmascarados con botas de guardias, frente a unos hombres que de pronto eran guardias también. Mis hijos corrían y corrían desnudos y sangrando. En algunas casas abrían las puertas para que entraran pero mis hijos seguían corriendo. ¡Poofff! Me desperté sudada y sofocada. Vi alrededor y allí estaban mis amigas durmiendo tranquilas en el cuarto de madera que compartíamos y la luna llena iluminando la noche se asomaba por la ventanita de madera. ¡Uffff! ¡Qué alivio, solo era un sueño! -Me dije a mi misma- tratando de calmar a mi corazón que palpitaba desorbitado.

Por un momento pensé que se había cumplido la premonición de mi padre, que tanto me había desagradado, cuando le decía insistentemente a Martín que regresara a terminar su carrera en la universidad porque la vida daba muchas vueltas y las cosas podían volver a estar mal en el país algún día y cuando ya no tuviera edad para ser guerrillero nuevamente necesitaría vivir de algo y para entonces solo le quedaría su título. ¡Qué locuras las de mi papa decir eso! ¡Nunca más en el país habrían de ser las cosas como antes! Y pensé con deseos de convencerme a mí misma, que no habría necesidad de volver a empezar y esos muchachos que serían mis hijos no pasarían por lo mismo que tantos habían pasado.

Ya estaba saliendo el sol. ¡Arriba todo el mundo, a levantarse! Llegué a mi grupo a dar clases a las diez de la mañana y Pedro, el niño de nueve años que todos los días me esperaba con sus enormes dientes visibles en su amplia sonrisa, me tenía una sorpresa que escondía  entre sus manos debajo de su camiseta con el cuello estirado y llena de agujeros. Una hoja de su cuaderno doblada convertida en una carta escrita por él mismo que decía: “gracia profesora por enseñarme a leer soi felis y la quiero me llamo Pedro”.

F  I  N