Capítulo XII

En la acera de enfrente vivía Luis, un chinito de un metro y medio de altura, que había llegado al país en los años cincuenta. Se había quedado soltero después de sufrir un desamor.  Cuentan que había mandado a traer una chinita por encargo y que cuando ésta llegó a la ciudad en unos días se enamoró de otro y se fugó con el nuevo amante poco antes de casarse. La desilusión de Luisito fue tanta que nunca más intentó juntarse con ninguna otra mujer. Era famoso porque asistía a todos los entierros de la ciudad aunque no conociera al muerto, vestido con saco negro, corbata del mismo color y camisa blanca. Todo impecable. Llegaba puntual a la salida de las iglesias y no se iba hasta que se terminaba de echar la última palada de tierra.

Nunca supe cuáles eran las motivaciones que lo hacían ser tan comprometido y solidario con las familias de los muertos, a lo mejor no lo hacía pensando en las familias, sino en los difuntos o en su propia soledad garantizándose él mismo un entierro concurrido. Vivía íngrimo en una casa muy grande que igual que la mía tenía dos patios, vendía cuadernos, lápices, papel de envolver, papel kraf y mollejones para dar filo a los machetes.

Como no tenía compañía no se preocupaba por limpiar la casa y estaba muy sucia. Hay quienes decían que no se bañaba. La verdad no recuerdo haberlo sentido con mal olor, solo con mal aliento; pero cocinaba riquísimo y en mi casa teníamos el privilegio de ser sus favoritos para compartir su arroz con vegetales y mariscos o el típico chow mein. Al sentirle el sabor no nos deteníamos a reflexionar sobre la higiene con que habían sido preparados. Era una buena persona y casi siempre sonreía.

En mis ratos de ocio y en mi afán de obtener dinero para comprar revistas de tiras cómicas –a las que llamábamos “penecas” – cada cierto tiempo me ponía a su orden para limpiarle la casa y me pagaba un córdoba. Lo que nunca supo es que cuando barría me encontraba por lo menos diez córdobas más tirados en monedas perdidas en el suelo y hasta enterradas en el patio que no le devolvía. Yo salía feliz y él quedaba también feliz porque le dejaba su casa muy limpia, al menos eso creía yo cuando corría disparada con mi botín para el puesto de revistas a comprar lo último de la Pequeña Lulú y Archie.