Capítulo XXIII

“…Este país sabe que no quiero ver su vientre adolorido,
sus vísceras laceradas, las cicatrices de múltiples heridas
         la huella de punzantes dardos, de puñales enterrados…” 

G. Belli.

Llegó la primera insurrección popular el nueve de septiembre del setenta y ocho. En mi casa ya estábamos advertidos y teníamos comida y agua suficiente de reserva. Me llené de mucha excitación ante esos eventos radicales que podían resultar en algo muy bueno o en situaciones muy difíciles si no se lograba derrotar a La Guardia. Empezaron a brotar de la nada los guerrilleros con sus caras cubiertas con pañuelos, algunos eran guerrilleros de verdad desde hacía muchos años como mi hermano Martín y otros eran de los barrios que se integraron espontáneamente en esos días, muchos del vecindario a quienes estaba acostumbrada a ver y por lo tanto fáciles de identificar aunque anduvieran la cara tapada.

Construyeron en cada esquina barricadas con adoquines, barriles o sacos de arena para parapetarse en ellas como trincheras y enfrentar a La Guardia. Fue una semana intensa, con expectativas, miedos y esperanza; mi hermano y sus amigos visitaban la casa por las noches durante esos días después de muchos años sin llegar, solo con eso para mí ya era suficiente emoción.

En algún momento no entendía bien las razones de por qué no se pudo avanzar más para acabar con La Guardia, pero era tan simple, como que no tenían los recursos y entrenamiento suficiente. Después de los primeros tres días de luna de miel guerrillera con la ciudad tomada por la guerrilla, con La Guardia concentrada en el comando que quedaba en el centro de la ciudad, frente al parque municipal, se escuchaban de lejos algunos tiroteos y empezaron los bombardeos aéreos. Eso sí que era terrible para mí, nunca había sentido tanto miedo como cuando escuchaba el motor de los aviones seguidos de las explosiones de las bombas a nuestro alrededor.

Habíamos preparado como supuestos “refugios” contra los bombardeos, la gigante mesa del comedor a la que se habían subido varios colchones encima y también el baño de mis padres porque tenía techo de cemento, este último era para tener a mi abuelita sentada sobre el inodoro y mi mamá y yo nos quedábamos a su orilla contra la pared.  No hubiesen servido de nada los refugios ante una bomba y el resultado sería la casa destruida junto con todos nosotros para no seguir contando cuentos chinos. Los refugios estaban improvisados pensando al inicio en protección contra balas porque los aviones los primeros días solo estaban ametrallando y ya se había hecho rutina esperar que volaran una hora, se les acabara probablemente el combustible y se alejara el ruido del motor para salir del refugio e ir a abrir la puerta de la casa para recibir las noticias de los resultados del bombardeo. Después empezaron a lanzar bombas incendiarias y explosivas. Nadie sabía de lo que serían capaces, todo lo que pasaba era como un sueño, como estar viviendo una película de suspenso de larga duración.

El último día de la insurrección, los bombardeos iniciaron desde temprano y en la misma rutina del refugio fuimos interrumpidos por golpes desesperados en la puerta de nuestra casa para avisarnos que la manzana frente a la nuestra se estaba incendiando. Tomando en cuenta que no había bomberos disponibles en esas circunstancias, todo el vecindario empezó a salir de sus casas con mangueras, baldes y panas, abrieron los hidrantes de agua y en una cadena humana se iba tirando toda el agua que se podía para evitar la propagación del fuego que ya llevaba varias casas arrasadas. Mis hermanitos y yo veíamos desde la puerta de nuestra casa, hasta que el fuego se hizo incontrolable y mis padres decidieron que saliéramos a buscar refugio donde unos amigos que vivían muy cerca en donde no había aún peligro por el incendio y porque los bombardeos continuaban.

Mi padre me llevaba tomada de la mano y yo tomando a mis dos hermanos menores, de pronto teníamos a Martín a la par nuestra diciendo que tenía que irse de la ciudad, junto con todos los demás. Mientras eso sucedía mi madre se había quedado empacando cosas y escuchamos una explosión nueva, había caído una bomba en nuestra casa, mi papi nos instaba a caminar rápido sin voltear hacia atrás y nos dejó en donde consideró más seguro, donde sus amigos. Martín se fue con sus compañeros sin saber qué había sucedido con nuestra madre, solo viendo la nube de humo que salía por el zaguán.

Sentada en el suelo de la casa a la que llegamos, abrazando a Ernesto y Esther, sin llorar, sin temblar, solo con la adrenalina al cien otra vez más esperando lo que sucedería y tratando de hacerlos sentir seguros mientras los bombardeos de los aviones seguían. No sé si ellos recuerdan el momento y cómo lo recuerdan. A mi mamá la había herido levemente un charnel de la bomba, la cual no hizo explosión, pero pasó algún tiempo hasta que supiéramos cómo estaba y Martín se fue sin saber qué había sucedido con ella. Al día siguiente vimos que el incendio se había apagado sólo, entre las paredes de concreto de algunas construcciones vecinas y nuestra casa no se había quemado.

Después de que los guerrilleros se retiraron entraron las tropas de La Guardia registrando casa por casa y se llevaban a todo el que tuviera edad para ser guerrillero. Llegaron a donde estábamos refugiados y la preocupación era muy grande porque entre nosotros estaba mi hermano Edgar y otro amigo suyo. No les sucedió nada porque los guardias llegaron acompañados de un coronel retirado de La Guardia, que era amigo muy querido de mi padre, el cual  estaba al mando de las tropas terrestres y su “visita” era para saber si estábamos bien. Una relación extraña si no se entiende el contexto de la amistad que existía entre ellos desde muchos años antes. Probablemente, de tener de frente él a Martín, no lo hubiese perdonado, a esas alturas con seguridad sabía que era guerrillero y lo hubiera matado. Supongo que Martín hubiese hecho lo mismo. Al final el coronel murió en julio del setenta y nueve comandando las tropas de La Guardia que iban en retirada y mi padre fue después a reconocer su cadáver y  enterrarlo o incinerarlo, no recuerdo bien.

Durante varios días después de la insurrección de septiembre del setenta y ocho, solo se oía el ruido de los balazos, el olor de los cadáveres de desconocidos quemados por todas partes a los que veía levantando sus brazos por la contracción de los tendones cuando los estaban quemando y los jeeps de La Guardia recorriendo las calles. Regresamos a nuestra casa un par de semanas después y pasé mucho tiempo sin poder dormir bien por las noches. Fue la primera vez en la vida que vi a mi mama llorar desconsoladamente imaginándose a Martín muerto. Preguntaron por él muy discretamente a los bomberos brindando la descripción de sus señas personales más visibles. Hasta una semana después avisó que estaba bien y que necesitaba que lo sacaran hacia Managua para esconderse en un lugar más seguro. Hicimos entonces un viaje en el que manejaba Edgar, lo buscamos en otro pueblo y lo llevamos a una casa de seguridad en Managua en donde permaneció un tiempo hasta salir del país y regresó hasta la insurrección final.

Mis padres lo visitaron fuera varios meses después. Me enteré por una carta que mi papá me escribió haciéndome una crónica detallada en el que parecía ser el viaje de turismo más feliz de sus vidas. Esa carta no la recordaba y la encontró mi mama en un libro hace pocos años, ha sido maravilloso encontrarme con él de nuevo a través de su lectura.