Capítulo XV

En mi ciudad igual que en todas, había personas extrañas que nos asustaban y algunos “loquitos” como se les llama popularmente, en diminutivo, como que eso disminuye el impacto del desconcierto de no saber cómo tratarlos. Cuando se es niña o niño, la vulnerabilidad de no conocer las causas de su estado, o no saber cómo reaccionar ante ellos hace que se les tenga más miedo de lo debido y claro que socialmente también se expresaba una falta de sensibilidad que hacía que fuesen maltratados y discriminados.

Mi papá nos contaba de una loquita que había en su pueblo que deambulaba por las calles recogiendo comida de la basura y su particular encuentro con ella un domingo cuando tenía menos de seis años y se fue a misa con su abuela. Al llegar a la iglesia usando aún vestido porque no había pasado la edad en que podía usar shorts y pantalones según acostumbraban a inicios de siglo y con su pelo largo rubio destinado a crecer lo suficiente para hacerle una peluca a una virgen. Se quedó sentado solo en una banca trasera, mientras su abuela se fue adelante.

De pronto sintió que había alguien a su lado y al voltear vio a la loquita sentada con todo su olor desagradable. Se quedó paralizado. La loquita tomó el morral que cargaba, lo abrió y sacó de él un banano podrido y empezó a pelarlo con cuidado, con sus manos y sus uñas largas y mugrosas. Cuando terminó le dijo: ¡comételo!, muerto de miedo alcanzó a decirle –no gracias- y la loquita le insistió: “¡Que te lo comás te digo!”. Y mi papa empezó a tragarlo sin alternativa, sintiendo que moría de las ganas de vomitar.

Decía que ese día le dio un gran dolor de estómago, como era de esperarse, y fiebre por el susto y por la gastroenteritis de la porquería. Esa experiencia la oí muchas veces y cada vez que la contaba me reía igual como si fuese la primera vez, porque él siempre empezaba a reír cuando describía a la loca pelando el banano y contaba el final en medio de sus carcajadas silenciosas que lo ponían rojo, rojo y hacían salir lágrimas por sus ojos, nos reíamos de la imagen de la loca y de sus carcajadas. En mi familia cuando ofrecemos algo de comer y no nos lo aceptan decimos: “!Que te lo comás te digo!” y por ende se cuenta el cuento completo del banano.

También formaba parte del repertorio de mi casa, la anécdota de una loquita que había en León de la época de cuando mi mama estaba en la universidad. Era sobre una mujer inteligente, ya madura, que se jactaba de su pureza virginal. Decía que un año en el carnaval de los pelones –como se llamaba a los estudiantes de primer ingreso a los que en un rito de iniciación rapaban sin consideración dejándoles su cabellera en estado lamentable– los estudiantes de su facultad en la velada de elección del rey feo y la reina de la universidad, la vistieron y la maquillaron para que compitiera con las demás muchachas y la llevaron desfilando desde atrás en el teatro cuando ya todo el público estaba sentado. Ella subió al estrado y se presentó como una candidata más ante las carcajadas masivas de los presentes, lo cual fue tomado como una burla imperdonable hacia las demás participantes, particularmente por una de las candidatas, que se sentía de sangre azul y brillante pero sin sentido del humor.

La Angelina Cándida, como se llamaba la loquita, en cierta ocasión hizo la rifa de un niño Dios de Praga, vendió muchas acciones describiendo al niño como una pieza preciosa, indescriptible y procedente de Europa. El día de la rifa, la hizo en público con bombos y platillos y al momento de entregar el premio se apareció con una estampa de papel del niño Dios de Praga, alegando muy racionalmente ante el reclamo indignado de la ganadora del sorteo, que nada de lo que había ofrecido era falso, que nunca había dicho que era una imagen en porcelana como se la reclamaban, que todas las descripciones que ella había dicho coincidían con su estampita, ante la risa incontrolable de todo el público que en su mayoría eran siempre los estudiantes de la universidad que inundaban la ciudad con espíritu irreverente. El final de la Angelina dicen que fue dramático, la asesinaron en su casa para robarle y la violaron. Así terminaba siempre mi mama el cuento y me caía mal que arruinara toda la gracia de lo divertido recordándonos esa parte terrible de la historia, así como estoy haciendo aquí.