Capítulo VI

Mi tamaño me hacía parecer al menos dos años menor, a los seis parecía de cuatro, de ocho parecía de seis, de doce parecía de diez. Así fue siempre hasta que empezó a suceder lo contrario a los treinta y dos y empecé a parecer de treinta y cinco.  Andaba, con mis piernas manchadas de piquetes de zancudos, aparentando menos edad, mientras en mi cabeza despeinada, mis pensamientos daban vueltas todo el día. ¿Qué haría cuando fuera grande?  ¿Sería maestra? Me gustaba la idea porque me imaginaba mandando y regañando a los niños que no hicieran bien las tareas. ¿O sería médico? Sí. Sería médico y curaría a la gente, pero no operaría como lo hacía mi papa porque me daba asco pensar en una panza abierta. Iba a ser bonito curar bebés. ¿A lo mejor a los mismos que después regañaría cuando estuvieran en clase y no me obedecieran? Abogada, como mi madre no sería nunca.

¿Me iba a casar? Claro que me casaría y tendría muchos niños. ¿Cómo sería mi esposo? Viendo las fotos del anuario de bachillerato de Martín revisaba a sus compañeros del colegio y escogía, podría ser moreno, pelo negro y colocho. ¿Qué pasaría si mi papa y mi mama se murieran? Sería horrible, mejor no pensar en eso. ¿Cómo sería mi casa? Podría ser pequeñita, con habitaciones grandes, con la sala por acá y un patio en el interior. ¿Sería mejor grande? No, no me gustaría una casa grande. Mejor las dibujaba para decidirlo. Un papel, otro papel, otro más, llenos de dibujos de planos imaginarios, figuras geométricas y casas. ¿Por qué pasan cosas feas y Dios deja que pasen? ¿Sería que no se da cuenta realmente de todo?

Quiero tener el pelo largo. ¿Por qué mi mama no me deja tener el pelo largo? Ya sé, no me gusta peinarme. ¿Por qué me da miedo la oscuridad? ¿Intento quedarme dormida sin luz? ¿Sería que los pobres sienten menos? ¿Cómo pueden vivir sufriendo tanto por lo malo que les pasa todo el tiempo? Yo no podría vivir con tantas cosas feas, debería ser que no sienten igual. ¿Por qué me dolería tanto la panza? ¿Me tiro un pedito y me siento mejor? ¿Por qué no me funciona contar ovejas para dormirme? Cuando sea grande no voy a usar vestidos, no me gustan.

Los momentos favoritos para pensar transcurrían mientras tomaba mis pachas de leche de vaca, recién ordeñada y hervida que traían de una finca cercana y compraban en la mañanita en mi casa. Tomé biberón hasta cuando cumplí ocho y mientras lo hacía me enrollaba un mechón de cabello con mi dedo índice. Bebía al menos cinco veces al día y por ende comía muy poco. Consecuencia natural del consumo de leche pura, me tiraba gases en exageración y mis hermanos me pusieron de sobrenombre la “minimoto”. No me tiraba gases delante de extraños y tampoco tomaba pacha en público. Desde mañana me duermo con la luz apagada y así fue. Desde que cumpla ocho no vuelvo a beber pacha y así fue. Desde mañana fueron muchas decisiones cumplidas. A veces le tengo miedo a mis decisiones para empezar mañana, porque cuando llegan, llegan casi seguro para ser cumplidas para siempre.