Capítulo IX

“Yo no creo en la edad
Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.”

P. Neruda

El inicio de la parte de mi vida que tiene que ver con la política, tiene un origen que claramente puedo describir. Con certeza fue a mis siete años que mi niñez se partió en dos. La segunda mitad inició a las seis de la tarde de un día de mil novecientos setenta y tres, cuando estando parada detrás de mi papá, con mi barbilla apoyada en su hombro desde atrás del sillón en el que se encontraba leyendo el diario La Prensa, le pregunté dos cosas que desde mi escasa altura descubrí al mismo nivel de mi mirada en los titulares del periódico: qué significaba FSLN y quién era Allende.

La respuesta fue larga y explícita, empezó con una lección de historia de Nicaragua. Contando cómo se habían repetido muchas veces elecciones de presidentes que no llegaban al poder porque las personas los eligieran sino porque se robaban los votos y cómo los Estados Unidos invadieron Nicaragua, apoyaban a Somoza y habían creado La Guardia. Dije algo así como por qué la gente dejó que esto pasara. La gente tiene miedo y por eso permiten que eso pase, me dijo, -optimista su visión porque me doy cuenta ahora que la mayoría de la gente deja que pasen las cosas porque no le importa lo que sucede a su alrededor, son pocos  los que  no hacen nada porque sienten miedo aunque les importe-. Habló también de Jesucristo sobre la solidaridad con los pobres y la lucha contra las injusticias, que él sentía que era lo mismo que estaban haciendo los muchachos que pertenecían al FSLN. Que el mundo no estaba bien, no calzaban las cosas cuando unos no tenían comida, ni podían pagar las medicinas de sus hijos y otros derrochaban sin vergüenza alguna el dinero obtenido a partir del sudor y sufrimiento de otros y que esa situación había que cambiarla. Y de Allende lo que recuerdo que me dijo, es que había sido electo por la gente y que era bueno.

Entre lo que veía, lo que escuchaba y lo que mi papa y mi mama decían cada vez que tenían oportunidad, me fui sintiendo incómoda por lo que yo pensaba no estaba bien. De las cosas que más me impresionaban, aunque estaba acostumbrada, era ver a los niños que llegaban a consulta donde mi papá, mocosos y desnutridos. A veces casi a punto de morir porque las mamás los llevaban cuando ya estaban muy mal, porque no tenían dinero y esperaban hasta el fin de semana a que les pagaran la semana de la cosecha para bajar a la ciudad. Mi papa las regañaba por haber esperado tanto porque si no tenían para pagar no les cobraba, pero ellas no siempre podían porque las distancias tampoco se lo permitían. Por eso mi vida ya no fue la misma.

Esta nueva etapa empezó con ese mensaje mezclado de principios morales y religiosos. Yo sentía que mis padres a partir de entonces, me habían hecho caminante junto con ellos de ese camino impreciso que sabías cuándo lo iniciabas pero no cuándo, ni cómo lo terminarías. Pero la verdad es que fue a empujones que me hice un espacio desde ese momento, porque tenía la información básica para interpretar mejor conversaciones y eventos que se daban a mí alrededor.

Mi papá contaba que desde siempre fue opositor, de familia “conservadora” que significaba ser simpatizante o miembro del partido Conservador. Era buena persona. Le conocí pocos amigos, de esos que se llaman amigos para juntarse en platiconas o mesas de tragos, pero los tenía, algunos muy diferentes a él y otros con muchas cosas comunes.

En los cuentos caseros familiares, describían la relación que muchos años antes que yo naciera, él tuvo con su amigo Edwin Castro Wassmer. Un mártir que participó en el complot para ajusticiar a Anastasio Somoza García en mil novecientos cincuenta y seis, el primer miembro de la dinastía somocista, quien era el padre de Anastasio Somoza Debayle, derrocado en mil novecientos setenta y nueve por la Revolución. De su amistad con Edwin y doña Consuelo, su madre, hay muchas anécdotas. Contaba mi mama que unas semanas antes de la fiesta en el Club Social de León en que se desarrollaron los acontecimientos que concluyeron con la muerte de Somoza García, Edwin había llegado a buscar a mi papá a la hora de la cena a la ciudad en que vivían y se había tropezado en la acera de la casa mordiéndose la lengua hasta partírsela en dos, de manera que cuando le abrieron la puerta lo encontraron bañado en sangre y mi papá le hizo unas puntadas para curarlo, aunque una parte de la lengua ya se había pegado sola de forma muy rápida. La visita era para contarle parte del plan y pedirle ayuda económica y me parece que también para pedirle prestado un camión que mi papa tenía en su finca o el préstamo del camión había sido antes.

Edwin fue de los autores principales del plan en el que Rigoberto López disparaba a Somoza. Después del ajusticiamiento, lo capturaron y en la cárcel de La Aviación en Managua le aplicaron la ley fuga el dieciocho de mayo de mil novecientos sesenta, tras cuatro años de cárcel, llegando a tirarlo al zaguán de la casa de su madre en León con una guatusa dibujada con sangre en su pecho y su rostro desbaratado.

El costo de la consulta médica con mi papa era de diez córdobas, casi nada. Otras veces no cobraba. De manera que sus recursos personales nunca fueron muchos. Por su parte, mi mama compartía sus compromisos y sus decisiones. Ambos tenían un apego especial por sus creencias religiosas pero creo que mi mama particularmente buscaba más respuestas teóricas que le justificaran esa búsqueda de alternativas menos contemplativas para practicar su fe. Desde que los recuerdo utilizaban parte de su tiempo en proyectos sociales diferentes.

Mi papa era cursillista y los dos daban charlas prematrimoniales de cuido de hijos y sexualidad en el matrimonio. Ni idea de qué decía en esas charlas, solo me dejaban entrar a la del cuido de los niños.  Las horas que invertían en estas cosas no eran un problema para mí porque trabajaban parte de su tiempo en la casa y me dejaban acompañarlos cuando quería, aunque me pasara el día entero vagando por los sitios. Así pasé una vez, domingo completo en el colegio La Asunción en León, recorriendo todos sus rincones solitarios mientras ellos aconsejaban parejas para ese largo camino de la vida. Ojalá recordara más sobre lo que escuchaba entre cortado de sus charlas. Antes que yo naciera fundaron un hogar para huérfanos y niños en riesgo. Fueron haciendo cosas más complicadas, al mismo tiempo que el gobierno hacía también cosas complicadas.

La pobreza y la represión era lo único que yo entendía. No entendía la corrupción, la falta de espacios políticos, la centralización del poder y de las principales actividades económicas. Imagino que cada acción traía una consecuencia natural que hacía a algunas personas sentirse más presionadas a ser menos pasivas y convencionales. Hasta que se optaba por lo que para muchos, era lo único que permitiría transformar las cosas. Así supongo que mis padres terminaron involucrándose con el Frente.

Ser colaborador del Frente implicó para toda nuestra familia un montón de acciones y emociones que cada quien vivió a su manera. Teníamos personas escondidas en nuestra casa, transportábamos a otros en nuestro carro. Mis papas asistían a reuniones con campesinos para hacer celebraciones de la palabra, unas reuniones para discutir el evangelio dirigidas por laicos en lugares en que no había iglesias, ni curas. Recuerdo haberlos acompañado a algunas y escuchar a la gente campesina relacionar lo que decía el evangelio con las cosas de su vida, me resultaba más fácil entender este evangelio que la homilía del cura de mi parroquia. Acompañaban además a los campesinos en sus luchas por la tierra en una comunidad que fue famosa por esta reivindicación histórica y algunas familias de ese lugar estuvieron cercanas a mi familia durante años.

Ser colaborador del Frente, implicaba también, transportar comunicación de una casa de seguridad a otra, repartir propaganda escondida en lugares públicos, reproducir propaganda en mimeógrafos con mensajes anti somocistas, entre otras.  Estuvieron claros de cómo querían que se cambiaran las cosas, aunque después también les resultó claro poner los límites en las actuaciones de la Revolución que no compartían cuando se cayó la dictadura. Esos defectos de humanos que cuando crecí reconocí en mi mama y en mi papa, no lograron opacar ni un poco esta faceta de sus personalidades que la niña de este relato entendió en toda su magnitud. Todavía los pienso y nada cambia.