Capitulo IV

Cuando pienso en mi papá y mi mamá evoco a dos personas abiertas a cosas diferentes e ideas nuevas, que a veces eran arrastrados por un remolino imaginario que los regresaba a sus raíces conservadoras y ellos luchaban y luchaban para salir y avanzar. Creo que la mayoría de las veces salían victoriosos. Mi yo niña veía a dos seres maravillosos y perfectos. Eran una mezcla misteriosa que nunca terminaré de descifrar por lo que no pregunté o por lo que no compartieron conmigo, llenos de cuentos familiares que llegaron incompletos o que nunca llegaron a mí.

Mi mama fue hija única de una pareja que se había casado después de sus treinta años de edad, cosa no muy común para la época, criada en un internado de monjas francesas y españolas, en el cual decía que pasaba más alegre que en su casa porque era más libre, insistiendo en que no era porque se la pasara mal en su casa pero que las monjas la dejaban hacer más cosas que la abuela y el abuelo. Tuvo otra hermana y un hermano mayores hijos de mi abuelo. De ambos solo conocimos al tío Augusto y de él no conocimos que tuviese hijos. Historias incompletas que nos dejaron sin más tíos y más primos, haciéndome sentir envidiosa de mis amigas que tenían esa extensión de hermanos que iban al mismo colegio y con quienes compartían sus fines de semana.

Ante mis ojos, mi mami era una gigante, un “mujerón”. Después supe que físicamente era tan pequeñita como yo sería siempre, pero efectivamente era grande en todo lo demás. Olía rico, bonita, alegre e inteligente, trabajadora y positiva. Con una personalidad que era una mezcla especial de ideas de avanzada, que la hicieron romper estereotipos como estudiar en la universidad y escoger para compañero de vida a un hombre que le llevaba algunos años y la más conservadora del pueblo si de enseñar el ombligo con una blusa se tratara o de perder la virginidad antes del matrimonio se hablara. Su fase más conservadora la padeció Lola porque le tocó despuntar como hija adolescente.

Cuando llegué a mi adolescencia, época que no es parte de este relato, me tocaron unos padres más resignados a los cambios de los tiempos y al arrastre de la revolución. No pretendieron imponer conductas sin razonamiento lógico. Aun así mi mamá intentando alertarme de los peligros de la vida, me dijo un día que me preparaba para un viaje a la playa, que ni Santa Teresita de Jesús sobreviviría las tentaciones en una noche estrellada a la orilla del mar. Y yo pensando para entonces que si Santa Teresita se sentaba a los dieciocho años, a la orilla del mar, en una noche estrellada, acompañada, sería porque las tentaciones a ella no le incomodaban y no estaría pretendiendo sobrevivirlas.

Al final de cuentas, mi mama fue mi heroína, me encantaba verla conversando sobre cualquier cosa en tantos ambientes, tomando decisiones todo el tiempo, aunque me sofocaba su manía de ponerme nerviosa cuando estaba haciendo cheques, diciendo sin parar: “¡Estoy sobregirada, estoy sobregirada!”. Cuando viajábamos a la playa la veía como una intrépida nadadora que no le temía a las olas y que además manejaba técnicas especiales para tomarlas sin que nos hicieran daño, casi como envuelta en un disfraz de súper chica. Debe haber sido producto de la suerte y de mi imaginación pero me pasaba que cuando no estaba con ella me llevaban las corrientes casi al ahogo dando vueltas sin control hasta que terminaba arrastrada y tirada en la orilla.

Mi papá, como compañero de vida y para su época, también era diferente. La respetaba como igual en los asuntos sustantivos de la vida, su independencia, sus espacios, su forma de ser y su pensamiento. Cómodamente la dejaba asumir las decisiones cotidianas, manejar todo el dinero familiar y nos cuidaba. Verlos caminando, mi papa con su brazo doblado que ella tomaba, era una imagen de amor que se podía apreciar a lo lejos desde donde vinieran y que permitía identificarlos sin dificultad. Remotamente los oía discutir y cuando lo hacían me parecía tan similar la escena a un capítulo del pato Lucas en la corte, cuando su esposa pata lo llevó ante el juez Porky, por haber perdido el huevo que lo había dejado empollando, aunque la de mis padres era una discusión menos violenta. Mi mamá diciendo cosas enojada pero menos pleitista que doña pata y mi papa decía algo concreto y después no contestaba más, ella seguía diciendo cosas sin parar y él tranquilo sin decir nada más. Parecía que eso aumentaba su enojo. Entonces entraba yo, repitiendo lo mismo que decía a gritos la pata esposa del pato Lucas, en el mismo tono: “¡Exijo el divorcio, exijo el divorcio!”. Me miraban, se reían y la discusión se terminaba.

Mi papa tenía una apariencia parecida a Agustín Lara y todas las mañanas ponía música clásica en el tocadiscos RCA Victor mientras desayunaba. Escogiendo entre su colección de long plays que lavaba y limpiaba con parsimonia y disciplina, cuido que les permitió sobrevivir durante muchas décadas hasta que el destino los hizo quedar tirados en la acera de una casa después de una mudanza, sin que ninguno de nosotros lo supiera y pudiera hacer nada por recuperarlos. Tenía con él una relación más pausada que con mi mama, con ella aprendí a hacer cosas, oía sus conversaciones de todo tipo y discutíamos mientras tanto sobre puntos concretos de mi comportamiento y de la vida en general.

Con él, el tiempo transcurría más lento que con mi mama, en espacios de plática y reflexiones, lo acompañaba tomada de la mano a visitar a sus pacientes al hospital, en el trayecto conversábamos de lo que veíamos y luego lo esperaba en el patio del hospital, viendo la pila de ranas que utilizaban para hacer las pruebas de embarazos. Estas pruebas se hacían inyectando la orina de la mujer bajo la piel de la rana. Si la mujer estaba embarazada, su orina debía contener una hormona que se llama GCH (Gonadotropina Coriónica Humana) que estimulaba la ovulación de la rana y si ésta desovaba en un día, el resultado del embarazo era positivo. No entendí nunca qué hacía posible que funcionara la prueba.

Nos sentábamos en la acera de nuestra casa por las tardes a tomar el fresco mientras se ponía el sol, conversando y haciéndonos un juego con un rollito de papel que él pasaba por mi bigote haciéndome cosquillas y yo se lo pasaba por su bigote haciéndole cosquillas además de hacer colitas con su pelo liso y cano mientras hablábamos y él leía o intentaba leer, me explicaba las enfermedades, las partes del cuerpo, los avances de medicinas que estudiaba como parte de ese espacio de la tarde. Así aprendí pronto en gráficos de un libro de embriología, cómo los hombres producían unas semillitas que se llamaban espermatozoides y las mujeres producían óvulos que se juntaban en el útero para formar bebés.

Conocía lo que pasaba en cada mes del embarazo pero nunca supe cómo llegaban los espermatozoides a juntarse con los óvulos. No recuerdo haberlo escuchado, ni recuerdo haberlo preguntado. De manera que fue susto grande el que me llevé cuando me enteré varios años después de los detalles y pormenores de ese proceso y mi mente rechazaba la idea perversa de imaginar a mi papa y a mi mama haciéndolo. Supe cómo se hacía, viendo una revista pornográfica que una vecina, hija de la señora de la pulpería donde compraba caramelos, había robado a su hermano mayor. Realmente me sorprendí. ¡Uggghh! ¡Qué terrible sería hacer eso!

Pienso que mi familia no era común. Habitábamos un promedio de once personas, entre adultos, jóvenes y niños de los cuales nueve formábamos el núcleo de nuestros padres con nosotros. Había muchas personas moviéndose todo el día en los ambientes de la casa y sobraban las charlas de todos los tipos y gustos. Entre los adultos de la época estaba el tío José, hermano de mi abuelo, un solterón que había vivido con mis abuelos desde que se habían casado, junto con una hermana de mi abuela también soltera. No sabré cómo habrán llevado esa vida casera tantos adultos en una misma casa.

El tío José murió como de ochenta y cinco años y me enseñó a leer y a escribir a los cuatro años. Dedicaba buena parte de su tiempo a jugar chalupa conmigo o a leerme cuentos y periódicos mientras lo acompañaba a estar sentado en un banco en la puerta de la tienda. Otra parte de su tiempo lo dedicaba a enamorar muchachas al pasar. Sus funciones principales eran controlar la venta de la lotería e instalar los fines de semana una “tijera” o cama armable de lona en la acera de la tienda, en la que se exhibían y se vendían directamente los productos que los campesinos compraban mientras bajaban a cobrar su pago por el corte de algodón. Armar y desarmar esa “trucha” colocando cada cosa en orden, me encantaba.

En la época de Navidad hacíamos algo parecido dentro de la tienda, instalábamos unas tablas gigantes sostenidas por caballetes de madera que se forraban en tela de satén rojo quedando como una mesa gigante y colocábamos sobre ella todos los juguetes que llegaban especialmente para ese tiempo. A nosotros nos correspondían como regalos navideños algunos de los que se habían arruinado por algún motivo, pero igual los disfrutábamos. En esos días la tienda se cerraba a las diez de la noche y todos vendíamos y empacábamos regalos. La noche de Navidad me iba a dormir y me despertaba cuando habían regresado de la misa de El Gallo a la media noche. Abríamos los regalos que estaban colocados alrededor del nacimiento que habíamos arreglado con mi mamá y cenábamos. Nunca creí que el niño Dios traía los regalos. Supongo que era demasiado riesgo para mis padres intentar hacerme creer ese cuento, con cuatro hermanos mayores que se encargarían sin tapujos de hacerme saber lo contrario.

En mi casa era obligatorio ir a misa los domingos. Generalmente íbamos a la parroquia cercana e intentaba en vano, por un rato, concentrarme para entender los discursos indescifrables y abstractos del párroco. Después me dedicaba a imaginar los pensamientos que tenían las imágenes gigantes de Jesucristo y los santos. Un domingo cuando tenía cinco años, llegó a impartir circunstancialmente la misa otro sacerdote, el padre Logo, amigo y visitante asiduo de mi casa por afinidades políticas. Decidí entonces que haría la primera comunión y me levanté a comulgar sin mediar palabra detrás de mi papá, que hacía la fila sin enterarse de mi presencia. Lo hice atenida a la confianza que me unía con el cura Logo, a quien tenía que aguantarle siempre la costumbre de levantar mi mandíbula incesantemente con su puño cerrado, haciendo tronar mis dientes en un juego que nunca me resultó agradable y que no me atrevía a evadir.

Él me vio sabiendo que no tenía la edad acostumbrada, ni preparación previa y sin ningún problema me dio de comulgar convencido, según dijo después, de que estaba más que lista para eso. Más convencido que yo porque solo recuerdo la curiosidad de saber qué se sentía en ese momento misterioso en que todo el mundo ponía una cara extraña y por probar el sabor de la hostia. Un par de años después hice el proceso formal en segundo grado con las respectivas clases de catecismo, vestido largo y todo lo demás. Unos días antes de la ceremonia oficial me confesé con otro padre que llegaba a mi colegio a impartir las misas, joven, guapo y para variar también asiduo visitante de mi casa. Es la primera y única vez que lo hice, convencida de lo mundano de ese evento después de escuchar al cura en mi casa contándole a mi mama mis supuestos pecados muerto de risa. Lo que él no sabía, es que no le había dicho todo lo que yo pensaba que eran mis pecados, pero igual, eran tan graves como haberle sacado a mi abuela veinticinco centavos del monedero que guardaba en la bolsa de su vestido, mientras ella dormía la siesta en una silla mecedora.