Capítulo XXIV

Desde una ventana del avión veía la pista que me parecía infinita, vestida como se visten los que no tenemos ropa de invierno, juntando las piezas que van saliendo de los clósets de la familia y de las amistades, con un pantalón de corduroy verde y una camisa cuello de tortuga salmón. De los zapatos no me acuerdo, solo me acuerdo sentir un gran nudo en la garganta que sabía que no podía dejar salir, lo  debía controlar ese día y otros tantos más que vendrían porque tendría que ser fuerte, no tenía alternativa. Entendía que enviarme fuera del país era lo mejor que podían hacer por mí en ese momento en que tenían tantos problemas por mantenerse a salvo y resolver sus problemas económicos.

No salió ni una lágrima por mis ojos y puse a funcionar  el estado de alerta que me disparaba la adrenalina al millón para resolver cualquier cosa que se presentara, todo bajo control, analicé el entorno, suspiré y empecé a cantar en mi mente durante horas para sentirme acompañada con la paz de mi propia música. Allí iba a hacer las del camaleón, colorearme de los colores más ocres del ambiente, para vivir lo que viven los niños y las niñas separadas de sus familias a esa edad, con mi cuerpo de adolescente, el tamaño de una enana, la madurez de aguacate envuelto en periódico, que hacía salir de mi boca palabras de adulta con mi alma de niña.

Llegué a los Estados Unidos, vulnerable, desorientada y enojada. Solo sabía que quería regresar, no importaba lo que me pasara. Pero no regresé y seguí aparentando que me las sabía todas y que era fuerte, aunque lloré durante meses por las noches, calladita, pegada contra la pared de la cama en que dormía y me levantaba cada vez por las mañanas, algunos días más cínica, más enojada, más vulnerable y otros con ganas de pasar el día debajo de la cama.

Empecé a ir al colegio y me sentaba todos los días en el mismo lugar sin hablar con nadie, me quedaba en el aula a la hora del almuerzo sin salir a las áreas abiertas en donde todos comían y jugaban. Lo hacía porque el frío me descompensaba y porque no quería socializar. Así evitaba también que se notara, delante de todos los alumnos del colegio que estaba sola. En mi aula había una hija de latinos que hablaba español, pero parecía que le daba vergüenza hacerlo. Así no quedaba en evidencia lo que a ella no le agradaba de sí misma.

Allí iba todos los días. A tomar el autobús temblando de frío, Me atrevía a hacer exámenes y me sorprendía que salía bien. Todo en silencio, calladita. Una rutina que seguí por días, hasta que una compañera agradable, se empezó a sentar en el asiento delantero y me dijo: “Ya sé que no quieres conversar y sé que entiendes lo que te digo. No importa. Yo voy a hablar con vos todos los días aunque no me contestes.” Y así lo hizo. Me hacía reír su simpatía y le agradecí su afán de hacerme sentir acompañada. Poco a poco cedí en mi aislamiento en el colegio y me hicieron miembro de un grupo. Al menos estaba sentada entre ellos y me trataban bien, aunque yo seguía muda, ajena, lejana, con la corriente de pensamientos y preocupaciones en mi cabeza que no me permitían ser una de ellos y no me permitían sentirme bien, mucho menos sentirme feliz.

Al ambiente en la calle me adapté con facilidad. No es difícil adaptarse a lugares más organizados y bonitos que las ciudades del país al que perteneces. Disfruté especialmente de Washington D.C., sus calles llenas de gente en aquella época, los edificios con arquitectura europea y la alfombra de tulipanes que brotaban en la primavera a la orilla del Potomac. Sigue siendo una de las ciudades que más me gustan.

No todas las personas fueron simpáticas, ni comprensivas. No todas las personas entendieron que era una niña a la que la vida la obligó aparentar que era una adulta, ni me protegieron. Fue una época en que escribí cartas y cartas de todos los tipos y tamaños para cada miembro de la familia, para cada amiga y amigos, intentaba a través del papel, estar cerca de las personas queridas y que me querían; a algunos me atreví a contarles lo que sentía y lo que estaba viviendo pero no se lo tomaron muy en serio, supongo que nadie estaba para atender sufrimientos de una niña con tantos problemas que habían en época de guerra.  Me enfermé mucho, me dolía la garganta, me dolían los oídos, me dolía la cabeza, me dolía la panza y era real que me dolía cada semana una cosa diferente. A veces lo decía, pero en la mayoría de las ocasiones no.

He conocido a muchos que cuando niños fueron enviados también fuera del país, solos, a casas de familias o amigos. Unos tuvieron mejor suerte, otros peor que la mía, pero a la mayoría nos une la alta dosis de carburo que le agregaron con ello a nuestro proceso de maduración. Las principales sensaciones que tenía eran de soledad y vulnerabilidad, sentía que allí a nadie le importaba realmente. Pensaba que solo importamos a nuestros padres, si no estás cerca de ellos, no estás protegida. Eso creía entonces, no sabía que había niños a los que sus padres tampoco los protegían. Nadie nos notificó oficialmente que a partir de la salida de nuestras casas, habíamos dejado de ser niños. ¡Cómo no sería para mí el diecinueve de julio el día más feliz de mi vida!