Capítulo XXII

Por suerte desde el año setenta y seis, la madre Martha volvió a ser la directora de primaria del colegio, pero al año siguiente, su encanto por mí se fue frustrando. Yo había decidido dejar de ser nerda. Lo cual fue muy relativo. Y a los once años, me negué a representar al colegio en el concurso de sexto grado para mejor alumno.  Me dijo entonces un discurso, furiosa. Sabía que estaba enojada porque se ponía roja como tomate. “Eres una cobarde, la única razón por la que no asistes es por miedo al reto que te ubicaba entre iguales”. Yo le respondí que dijera lo que quisiera pero que no iba.

La madre Martha tenía razón, no fui por miedo al reto, ese mismo miedo que de pronto empezó a invadirme haciéndome distinta a la de antes por varios años, pero también sentí apatía por las cosas que me hicieron destacar entre las demás y sentí apatía por los espacios llenos de personas en que se respiraba normalidad como que no pasaba nada malo en el entorno. Dejé de pintar, dejé de tocar guitarra y dejé de hacer todo lo que implicaba satisfacer expectativas de otros, de esos otros que estaban a mi alrededor inmediato y en el medio en el que me desenvolví hasta entonces. En esa época empecé a sentirme incómoda con la tranquilidad aparente y me separé espontáneamente para siempre de los estereotipos del que fue mi ambiente, porque entonces los sentí superficiales y cómodos.

Cuando mataron a Pedro Joaquín Chamorro, el diez de enero del setenta y ocho, estaba en la playa en el cumpleaños número doce de una amiga, todo el mundo escuchaba la noticia por la radio y alguien de entre nosotras preguntó con real asombro y con cara de vivir en la estratósfera, ¿quién podrá haber sido el que lo mató? Sin pensarlo dije que Somoza. Al unísono se voltearon hacia mí, con indignación y alguien me increpó preguntando por qué afirmaba eso. Eso me hizo sentirme ajena al mundo de los que ignoraban lo que sucedía a su alrededor, después de vivir tantos eventos serios que me involucraban. Mis mundos paralelos empezaron a tomar direcciones opuestas y me quedé en uno de ellos.

Pasaron cosas especiales en ese año setenta y ocho. Después de la muerte de Pedro Joaquín, además de los estudiantes y las organizaciones que eran promovidas por el FSLN, otros sectores sociales empezaron a manifestar su oposición a Somoza y la empresa privada hizo un paro empresarial que le llamaron “hasta que se vaya Somoza” que al final no logró causar mayor impacto social, ni del gobierno de Estados Unidos.

Las manifestaciones estudiantiles en las calles se fueron haciendo más frecuentes demandando que cesara la represión de La Guardia y la libertad de muchos presos políticos que había en ese momento, en una de tantas La Guardia rodeó la manifestación en la cuadra de mi casa y empezaron a lanzar bombas lacrimógenas. Mi mama abrió la puerta para que se escondieran en la casa todos los que alcanzaran antes de que llegara La Guardia. Fueron saliendo de uno en uno disimulando que eran compradores de la tienda o pacientes del consultorio de mi papá.

Cuando estaba en primer año de secundaria, a mis doce años, las monjas de mi colegio, evitaban por todos los medios que nos involucráramos en las manifestaciones. Para persuadirnos, invitaron al colegio a brindar una conferencia a un señor -que después fue ministro de un gobierno de los años noventa- para contarnos un testimonio personal muy extraño. Nos reunieron a todas en el auditorio y él con cara compungida nos narraba cómo después de haber sido un marxista leninista, hippie y drogadicto había vuelto los ojos hacia Dios y había cambiado su vida por el amor. Que el día que a Somoza le había dado un infarto, un par de años antes, él venía conduciendo su automóvil, vio en ese mismo momento reflejado el rostro de Somoza lleno de dolor en el vidrio de su auto lo cual le produjo mucha pena por Somoza. De pronto había sentido que había despejado de su alma cualquier odio que sentía hacia él porque lo vio como lo que realmente era, un ser humano digno de lástima que no merecía nuestro odio.

En esas estaba el señor contando su triste y compasiva historia cuando llegaron a avisar a las monjas la noticia de que un comando del FSLN se había tomado el Palacio Nacional en donde funcionaba el congreso de la República y tenía de rehenes a todos los diputados pidiendo a cambio la liberación de todos los reos políticos. De pronto todos los rostros tomaron gestos expresivos extremos, asombro, susto y creo que muy pocas de alegría como la mía.  Hasta allí llegó la charla y la verdad es que la mayoría de las estudiantes de mi colegio nunca asistirían a una manifestación, así que el propósito de las monjas creo que era innecesario. Los dos días que tardaron las negociaciones del comando guerrillero que estaba en el Palacio con Somoza fueron eternos para mí, me parecía mentira que estuviese pasando y moría de curiosidad por saber si había alguien a quien yo conocía entre ellos. Parte de mis pensamientos cotidianos estaban siempre unidos a imaginar en dónde estaría cada uno de los que yo conocía.

En esos meses también llegaron a mi ciudad el grupo denominado “Los Doce”, era un grupo de personas con reconocido prestigio personal, empresarios e intelectuales, opositores a Somoza, que había sido organizado por el FSLN como una posible alternativa de quienes serían los integrantes del próximo gobierno cuando se derrocara a Somoza y para proyectar una imagen política menos radical. Entre ellos estaba Sergio Ramírez y el padre Fernando Cardenal. Se había organizado una manifestación en el pueblo para recibirlos y caminar con ellos en las calles. Yo los esperé desde mi casa porque casualmente después de la marcha irían allá a una reunión con personas que no recuerdo.

A mí no me dejaban participar en las marchas y solo podía verlas cuando estaban cerca de mi casa, lo cual era frecuente. El mecanismo que mi mamá utilizaba para persuadirme de las tentaciones cuando no me podía llevar a alguna actividad por los riesgos y yo quería acompañarla, era haciéndome sentir imprescindible. Me decía que yo era su brazo derecho para muchas cosas en nuestra vida y que el trabajo en el que yo la apoyaba para botar a Somoza era importante, que no valía la pena que arriesgara mi seguridad innecesariamente. Me lo creía al pie de la letra y solo esperaba ansiosa las noticias de lo que sucedía.