Capitulo V

Mi vecina de enfrente, María José, era tres años mayor que yo, la más pequeña de una gran familia de hermanos y hermanas, vecinos y amigos de siempre de mi familia, una de mis grandes amigas de esos tiempos, la única con la que compartí cosas que no se podían compartir con todo el mundo. Era una niña con el pelo lacio de color negro intenso, igual al color de sus grandes ojos, a los cuales en la adolescencia dispuso echar una gotita de limón diario porque alguien le dijo que los haría lucir más brillantes. Fuerte, extrovertida, generosa y sociable, competitiva y malhumorada de vez en cuando, particularmente con sus hermanos, con quienes peleaba y discutía todo el tiempo. Ejercía una gran influencia sobre mí, me hacía falta y pasábamos cualquier cantidad de tiempo juntas. Una vez nos peleamos no sé por qué, pero sí sé que fue porque no quise hacer algo que ella quería.

Pasamos sin hablarnos un tiempo que para mí fue infinito. Hasta que el día en que murió el tío José decidió hablarme de nuevo. Para entonces yo tenía seis años. Llegó a la vela en la sala de mi casa para acompañarme y reírse. Cada vez que estaba nerviosa se reía y eso le sucedía en casi todas las velas. Sus ideas complementadas con las míasque yo complementaba y ejecutábamos, eran extravagancias que podrían ser consideradas de niñas con un futuro casi delincuencial por los psicólogos de estos tiempos. Literalmente “travesuras” de acuerdo con la definición de la Real Academia Española: “Acción maligna e ingeniosa y de poca importancia, especialmente hecha por niños”.

La casa de María José era de corredores, con un muro que la dividía por el patio en dos. En una mitad vivía su familia y en la otra su tío tenía un negocio de venta de llantas y baterías para autos marca “Hasbani”. Calculo que era al menos de cincuenta metros de fondo y con tres patios. El primero, con un árbol de jícaro, alrededor del cual se orinaba porque le daba pereza llegar hasta el baño al final de la casa. El segundo patio era en donde se colgaba la ropa. El traspatio era el más grande, quedaba detrás de la cocina y se accedía a él por una pequeña puerta que cuando cerrábamos detrás de nosotros nos dejaba en un mundo propio, con un árbol de guayaba al que nos subíamos para pasar el tiempo y conversar comiéndonos todas las frutas que producía. Con una que otra muñeca vieja tirada que nos veía desnuda, con su ojo tuerto y el pelo tieso, añorando mejores épocas.

En el vecindario habíamos al menos siete niñas y tres niños que nos reuníamos con frecuencia a jugar durante las vacaciones del colegio casi todo el día, interrumpiendo la jornada por los almuerzos y las cenas en nuestras casas. Me moría por la comida de la casa de la María José. Hacían los frijoles y el plátano maduro de una forma diferente a la mía que me fascinaba, de vez en cuando nos auto invitábamos a comer en ambas casas.

Entre las cosas que hacíamos con más frecuencia era jugar jacks, cero escondido, la gallina ciega, Nerón Nerón, el mundo al revés, contarnos cuentos de miedo y jugar a la botellita con beso y todo para el chavalo que nos gustaba. Los mejores juegos eran aquellos en que sentía toda mi energía subir al ritmo de la emoción por la intensidad del viento o de la competencia, como andar en bicicleta en una calle vacía a toda velocidad, o brincar la cuerda, cuando era girada a mil revoluciones por minuto por otras dos niñas desde sus extremos, para entrar dentro del ciclo del giro sin pisarla, tomarla al cálculo y saltar, saltar, saltar, mientras aumentaban la velocidad, hasta volver a salir sin tropezar. Mis rodillas tenían permanentemente heridas y cicatrices. Las veía tan manchadas y feas que pensaba que de adulta estarían igual.

Se acercaba el cumpleaños nueve de María José y no podría tener fiesta organizada por sus padres, pero ambas decidimos que sí la tendría y nos dispusimos a prepararla con nuestros ahorros. Compramos cartulina e hicimos invitaciones y las repartimos en el vecindario. Compramos una bolsita de caramelos y una tinaja que decoramos con papelillo al único estilo que sabíamos hacer, cortándolo en flecos. Pegamos con almidón alrededor de la tinaja una fila de un color, encima de otro de diferente color, hasta que quedó cubierta la tinaja completamente con muchos flequitos de colores. Como nuestro escaso presupuesto solo alcanzó para eso, María José decidió agregarle emoción a la piñata metiéndole un garrobo del traspatio -no sé quién lo capturó y lo metió en la tinaja- e hicimos un pastel o queque enorme de lodo al que pusimos una candela en el centro. Llegaron todos nuestros amigos y amigas del vecindario. Disfrutamos el alboroto y el susto de la caída del garrobo en medio de nosotros cuando se quebró la piñata, excepto un par de niñas hijas de los dueños de una farmacia cercana, quienes iban vestidas con sus trajes de vuelos, perfumadas, peinadas de colochos y con su regalo. Se sintieron estafadas y se querían ir con todo y el regalo pero no las dejamos, les dijimos que lo que se regala no se quita.

Uno de los vecinos era muy guapo y lo fue hasta que creció, al menos para mi gusto dejó de ser tan bonito como cuando estaba chiquito, pero para entonces nos traía a todas de cabeza. Y si le sumamos que tenía una mini moto, el panorama de su atractivo por la imagen de grande que nos causaba queda todavía más claro. Mi timidez nunca me permitió hablarle aunque con frecuencia jugáramos juntos en el mismo grupo. La verdad es que no recuerdo haberle hablado nunca a ningún niño, creo que era una especie de Raj, el hindú de la serie The Big Bang Theory, quien al contrario no puede hablarle a las mujeres. No estaba familiarizada con los niños porque estudié en un colegio de mujeres hasta tercer año de secundaria y mis hermanos eran demasiado mayores. Me sentía insignificante cuando era niña, pero por suerte la percepción de mí misma cambió mucho desde mi adolescencia.

Un día decidimos planear el secuestro del susodicho niño para besarlo toditas. El plan era llevarlo a un cuarto de la casa de María José con la excusa de jugar a la casa de los sustos, lo vendaríamos y lo besaríamos apasionadamente cada una. El día que ejecutaríamos el plan muy puntuales todas a la hora acordada después de la cena nos reunimos, lo llamamos, él llegó, pero nuestro valor no dio a más y hasta allí llegamos todas las enamoradas acobardadas.