Capítulo XXI

En esa época me acerqué a quien desde hace muchos años es una de mis mejores amigas, Pilar. Ella pertenecía a un movimiento juvenil cristiano y colaboraba como correo del Frente, es seis años mayor que yo. En ocasiones la buscaba en su casa para entregarle documentos,  otras veces nos veíamos en la calle, también llegaba a ayudarle a vender cosas en fiestas y kermesses que organizaban en el auditorio de la iglesia para recoger fondos para ayudar a niños de escuelas pobres en donde hacían la catequesis.

En una de esas actividades que se organizaban en la casa cural de la iglesia, presentaron la obra de teatro de Pablo Antonio Cuadra, “Por los caminos van los campesinos”, me impresionó mucho ver dramatizado lo que hasta entonces solo había escuchado que la gente vivía en el campo, la represión, el desalojo de sus tierras y el abuso sexual.

La relación entre ambas era rara para su madre, quien no entendía qué podía conversar su hija de quince años con una niña. Sumando a la diferencia de edad la diferencia de tamaño porque ella era grandota -linda por cierto-  y yo minúscula, el cuadro se hacía más extraño aun. Otro espacio en el que coincidimos fueron algunas fiestas de quince años de sus amigas; a estas fiestas yo conseguía asistir invitada por María José, que las conocía de cerca porque las cumpleañeras a su vez eran amigas de sus hermanos mayores.

En esa época había fiestas de quince años de todos los estilos, desde las clásicas principescas hasta las “medio hippie” como la de mi hermana Lola, a la que todas sus amigas llegaron vestidas de cotonas hindú y jeans. Excluyendo las celebraciones principescas, estaban de moda los vestidos kimonos de colores pasteles con cinturones anchos y las faldas campesinas voladas, de manta hindú. Mi mamá me hizo mis respectivo kimono y falda con blusa campesina para las fiestas y me encargó en el taller del señor Openheimer de Masaya, en donde fabricaban los zapatos que vendía en la tienda, unas sandalias de plataforma diseñadas por mí, con la plataforma más baja de lo que yo hubiese deseado pero con el tacón suficiente como para sentirme fenomenal.

¡Comete la carne que pronto te baja la regla y no vas a crecer más! Esa fue la cantaleta de mi madre desde que tenía nueve y así fue. Unos días antes de mi cumpleaños número diez, después de regresar de jugar a saltar la cuerda en la calle, vi una mancha oscura en el calzón. Me lo quité y salí corriendo con él en la mano a buscar a mi papá. Él me dijo de forma muy simple y sin aspaviento: “ya te vino la regla, buscá un Kotex de Lola para que te lo pongás”. Aunque en teoría lo sabía, no tenía realmente idea de qué significarían los efectos de la regla.

Mi cuerpo seguía siendo el de una niña hasta los once en que me transformé. Cuando llegó mi madre a la casa, me buscó, haciendo un escándalo emocionada para abrazarme y hacerme una especie de discurso de iniciación de mujer. En mi aula de clases no era la única a la que le pasó lo mismo, así que tampoco estaba sola en el universo y a María José hacía unos meses que también le había llegado. Los niños me siguieron gustando durante muchos años más, con la misma ingenuidad con que me habían gustado siempre.

El hermano de Pilar hace bromas sobre mi edad, dice que me quito los años y que mi primer baile de “bolero”, -como se le llamaba a bailar “pegado- fue en una de esas fiestas de quince años, con “Mis Ojos te adoran” o “El Tren de media noche a Georgia”, canciones de moda en el setenta y seis. Es cierto que fue con esta última canción que bailé mi primer bolero, pero un par de años después, cuando tenía doce en un cumpleaños de mis compañeras del colegio y con un niño de mi edad que me gustaba mucho. Entre los grandes siempre fui tratada y querida como niña. Pilar tenía una hermana que había estudiado en mi colegio, se incorporó a la guerrilla y La Guardia la mató.