Capitulo I

La infancia es ese territorio perdido al que sólo se entra por puertas secretas, como la puerta en el muro de H.G. Wells, disimulada por una enredadera carmesí, “que a través de una pared verdadera conducía a realidades inmortales…”

S. Ramírez

Me vi desde arriba -como dicen verse los que han estado al borde de la muerte- con un corte de pelo en forma de “guacalito”, al estilo indígena yanomami, llevando un vestido a rayas celeste con blanco, de piqué, con el cuello en forma de babero cuadrado de tira bordada. Todo me picaba por la tela. Estaba con mi hermano Jacinto en la puerta de la casa de mis tías cerca de la iglesia El Calvario de la vieja Managua de antes del terremoto del setenta y dos, con alboroto de gritos y música de fondo porque se celebraba la fiesta de boda de mi prima Melisa en la que dicen que llevé los anillos. Siguió en mi recuerdo otra escena de la misma película, en una acera de Managua, tomada de la mano de mi papá en espera de mi madre que llegaba de Costa Rica en un autobús de la empresa Tica Bus.

Los viajes a Managua me provocaban emociones intensas, que iniciaban con las infaltables náuseas que me producían el olor del cuero del vehículo y los árboles pasando a toda velocidad por la ventana trasera del carro. Sobrevivía al malestar después de pegar la cabeza contra mis piernas un rato y todo lo demás que estaba por llegar me causaba una ansiedad alegre: los ruidos de los carros, los olores extraños, los pantalones picosos de casimir que sentía cuando me sentaba en las piernas del hermano de mi mamá, el guapo y único tío Augusto; los caramelos para la tos de marca Pulmocalcio comidos sin restricción a escondidas en la farmacia de mi tía Lore, las tiendas llenas de cosas en las que mi mamá compraba la mercadería que luego vendía en nuestra tienda. Demasiados sucesos fuera de mi rutina, para pasar desapercibidos.

Nací en 1966 en un país convulso por circunstancias que arrastraron mi infancia a la velocidad del cauce de un río de Centroamérica en octubre. Vivía con mi familia en el Pacífico en una ciudad cercana al mar, caliente y dividida en barrios de distintas categorías. Los centrales formados por cuadras de casas construidas de taquezal, piedra o concreto, llevaban los nombres de las iglesias coloniales: El Calvario, Guadalupe, La Ermita…  con sus amplias plazas que hacían de puntos de reunión para los paseos vespertinos de los niños en bicicleta, los bebés en sus cochecitos o para las parejas de enamorados que se sentaban bajo los árboles de malinche a disfrutar el canto y la lluvia de orines de las chicharras. Los barrios lejanos, con callejones de tierra, polvosos o lodosos dependiendo si era verano o invierno, con cuadras desordenadas formadas por casitas de paredes de zinc, de cartón, madera o de bloques de concreto sin pintar, en el mejor de los casos. Los repartos de casas bonitas y modernas en las afueras.

Había un parque central lleno de árboles de Laurel de la India, visitado frecuentemente por los borrachitos que pasaban días y noches en las bancas frías de cemento. En el centro, una estatua de su eminencia erigida sobre un pedestal de piedra en medio de una pileta llena de agua sucia, saludaba a los visitantes, custodiada por dos cocodrilos solitarios que tomaban el sol a sus pies. El comando de La Guardia Nacional, daba el toque de realidad a todo el que transitara cerca de allí por necesidad. Una construcción con un par de torres de vigilancia, rodeada de un muro gris árido, adornado por pequeños agujeros cuadrados por donde se podía ver la cara de algún guardia  en sus postas de vigilancia. Era entonces un pueblo lleno de almas tranquilas caminando entre la cotidianidad del polvo y el sudor.

La vida de la gente transcurría de manera diferente dependiendo de sus condiciones económicas, podía ser entre las calles y el mercado, entre las fincas y el comercio, de una fábrica desmotadora de algodón al colegio, o bien, entre el Country Club y Miami. Todos regidos por los convencionalismos coloniales y el concepto grande de amistad leal y solidaria en las urgencias de la vida. Todos a misa, a las velas y entierros de los difuntos, todos a las bodas, bautizados, dando la primera comunión, visitando a los bebés recién nacidos de las familias amigas, todos juzgando pecados ajenos y casi todos unidos en matrimonio religioso. Algunos amantes escondidos que se encontraban en los mediodías y llegaban a sus casas por las tardes donde sus esposas y esposos, muy tranquilos. Ciertos novios atrevidos, rompían las reglas de la apariencia. Vivían sin casarse o se escapaban del colegio a los quince años, para ir a contraer matrimonio donde el juez de un pueblito vecino que casaba a todo el que quisiera sin ningún impedimento. ¿Y vos, de quién sos hija? La infaltable pregunta que debía responder cuando llegaba a la casa de alguien que no me conocía. Era una época en que se hacían visitas improvisadas y se entablaban tertulias vespertinas sin protocolos previos. Y yo escuchando, observando y grabando cada acontecimiento sin perderme detalles, metida debajo de las nalgas de mi mama, desde la altura de mis setenta y cinco centímetros aproximadamente.