Capítulo XIX

Igual que los olores y los sabores, la música tiene la particularidad de trasladarme enterita a sensaciones y momentos específicos o épocas de la vida. Cuando mi papa ponía casi todos los días sus discos de música clásica, aunque no me molestaba, no sentía entonces que me inspiraran sensaciones especiales, ni me gustaban particularmente. Todavía no es mi música favorita, pero cada vez que escucho algunos arreglos, como “La Primavera” de Vivaldi o “El Cascanueces” de Tchaikovsky, no puedo evitar sentir toda la energía armónica que se respiraba en mi casa cuando sonaban esas piezas y me dan ganas de salir corriendo a pegar brincos en calzón o a montarme en mi velocípedo de nuevo y salir disparada manejando por todos los corredores. Era instintivo y casualmente podía salir en calzón por toda la casa brincando cuando estaba lista para el baño y sonaba la música, sin el más mínimo pudor, de manera que mi mama solía llamarme “Remedios la Bella”, el personaje de Cien Años de Soledad. La relación de la música y esas acciones las descubrí después, cuando se me repetía el ciclo al escucharlas, como un reflejo condicionado, aunque no he llegado a quitarme la ropa de nuevo. A lo mejor si llego a viejita, liberada ya de las inhibiciones mentales, lo volveré a hacer.

Pero eran más inspiradoras para mí, las sesiones de prácticas de coreografías de baile con las canciones de los Jackson Five con mis amigas y todavía mejores las sesiones de canto que tenía con María José, cuando metidas en el agua de la pileta de cemento que había en el centro del patio de mi casa, practicábamos cantando a grito partido canciones que nos conmovían, como el Himno de la Alegría, interpretada creo por un español llamado Miguel Ríos y la canción “Padre e hijo” de Cat Steven. Cantábamos según nosotras, en inglés, pronunciado tal cual lo interpretábamos, aunque teníamos un disco en el que salía la letra. Nos gustaba tanto y nos sonaba tan dulce esta última canción, que buscamos quién nos tradujera la letra y quedamos prendidas para siempre de ella: “It’s not time to make a change/Just relax, take it easy/You’re still young that’s your fault/ There’s so much you have to know”.

Como parte de nuestras inspiraciones musicales, nos hicimos seguidoras de un grupo de rock estudiantil formado por chavalos del colegio de varones en donde estudiaban la mayoría de nuestros conocidos. Tremendo susto nos llevamos una noche mientras íbamos para una velada en su colegio, en la cual iban a cantar. Habíamos logrado que un hermano de María José nos llevara en la camioneta de tina de su papá. La camioneta solo tenía una cabina en la que cabíamos tres personas y siempre discutíamos decidiendo a quién le tocaba la ventana porque no nos gustaba ir en el centro. Ese día la premiada fui yo, con la mala suerte de que en una curva, en las afueras de la ciudad en donde quedaba el colegio, la puerta se abrió y salí rodando por la carretera. Mientras todo estaba sucediendo tenía la sensación de que el accidente le estaba pasando a otra persona y quedé toda herida pero sin fracturas. No sabía si me angustiaba más el dolor de los golpes o la cara que pondrían mis padres al verme entrar a mi casa bañada de sangre. Hasta allí llegó la hazaña de “Caballo sin nombre”, la interpretación estrella que los artistas debutarían ese día.