Capítulo XVIII

 “NECESITO del mar porque me enseña:/ no sé si aprendo música o conciencia: / no sé si es ola sola o ser profundo/ o sólo ronca voz o deslumbrante/ suposición de peces y navíos/. El hecho es que hasta cuando estoy dormido/ de algún modo magnético circulo/ en la universidad del oleaje”.

P. Neruda.

Martín estuvo clandestino cinco años creo, entre mis siete y trece años. Eso implicaba que nos teníamos que encontrar con él en distintos lugares en casa de familiares, amigos o colaboradores. Esos encuentros eran lo más maravilloso que me pasaba, era un espacio de tiempo tan especial y auténtico que me resultaba imprescindible vivirlo. Sentía que en algún momento mi energía no era igual si después de un tiempo no nos veíamos. Era como que se me acumulaba la tristeza de a poquito en el corazón y al verlo se limpiaba de nuevo. En el mejor de los casos eran semanales, en otras ocasiones  muy distanciados. Generalmente íbamos los domingos, pero otras veces durante la semana. Incluso durante el día y entonces yo faltaba al colegio para poder asistir.

Lo visitamos en diferentes ciudades. En ocasiones en León, otras veces en Managua, en la casa del tío Augusto o en otras casas de seguridad. A veces él ya estaba esperándonos dentro de la casa y otras veces esperábamos su llegada, lo cual me hacía sentirme ansiosa porque me generaba la preocupación de que no llegaría y que nos iríamos sin saber la causa de su ausencia. En un domingo, él estaba dentro de la Catedral de León con otros universitarios que la tenían tomada y entramos escondidos a las dos de la tarde, por una puerta trasera. Aprovechando el silencio que acompaña los cuarenta grados centígrados leoneses y que en domingo mandan a todo el mundo a dormir la siesta.

En una de tantas visitas en Managua, hasta fuimos a pie agarrados de la mano a comprar algo a unas cuadras cerca de la casa del tío Augusto. Los encuentros con él eran siempre alegres, al menos así los sentía yo. Le llevábamos medicinas que necesitaba y comida de nuestra casa, supongo que algo de dinero también, todos reíamos, nos contábamos cosas divertidas y después se convertían en reuniones en donde se le informaba cosas, orientaba cosas que teníamos que hacer, llevábamos y traíamos documentos.

Un domingo que iríamos a otra ciudad a verlo, a la hora de subir al carro me preguntaron si ya había ido a misa y al responderles que no, mis padres dicen que no puedo ir donde Martín, que tengo que ir a misa primero, porque la situación entre Dios y mi hermano era igual en relación conmigo en ese momento. Dios me estaba pidiendo que lo visitara una vez a la semana y yo lo estaba rechazando. Lloré desconsoladamente y no me llevaron, por supuesto que tampoco fui a misa ni compartí jamás que Dios fuera tan injusto de no permitirme  ese espacio de tiempo con alguien a quien yo amaba tanto y que se podía morir cualquier día. No recuerdo ninguna conversación en la que se hablara de forma explícita sobre la posibilidad de su muerte o lo que haríamos si eso sucediera o cómo nos sentiríamos en esa situación, pero no dudo en que todos lo pensábamos y no sé cuántas veces mis padres lo habrán llorado en silencio.

Tenía nueve años cuando me mandaron a encontrarme con Martín a solas por la noche, en la misma ciudad en donde vivíamos, en una esquina detrás de una iglesia cercana a nuestra casa. Iba conmigo mi inseparable María José. No tenía ni idea de cómo sería el encuentro porque entendí que mi misión era entregarle una carta que iba preparada como se acostumbraba en la clandestinidad, haciendo la letra chiquita y doblando el papel en paquetito pequeñito que se envolvía después en masking tape, se suponía que iban preparados así porque si te capturaba La Guardia o en cualquier emergencia se tenían que tragar. Estaba muy tensa y pensaba que únicamente tendría que darle el papel y ya. Entonces lo vi comprando en una pulpería, entré y pasé a la par de él, le tiré el papelito hacia arriba supuestamente para que lo tomara y pasó de paso y el papel cayó al suelo. Lo recogí y volví a hacer lo mismo en sentido contrario y él seguía sin tomarlo hasta que me detiene y me pregunta que qué me pasa, que por qué no me detengo, que tenemos que hablar; toma el paquetito y empieza a darme cosas y darme instrucciones y yo salgo corriendo y él detrás de mí diciendo que me espere que no ha terminado, riéndose.

No sé si al final terminó de decir todo lo que quería pero salí disparada, mi corazón palpitaba aceleradamente y se quedó María José recibiendo las instrucciones que faltaban. No concebía estar en plena calle a unas cuantas cuadras de nuestra casa encontrándonos sin que eso fuera muy riesgoso. Alguna vez le pasó a mis hermanos pequeños que lo encontraban en la calle, lo veían desde lejos y pasaban a la par de él sin decirle nada aunque lo reconocieran porque sabían que si lo saludaban lo perjudicaban.

La mejor época con Martín la viví cuando la familia de María José se trasladó a un pueblo costero cercano para vivir en una casa frente a la playa que pertenecía a una pariente que no estaba en el país. No sé si a todos les pasa, pero el mar ha sido siempre mi punto de convergencia con el universo, lo disfruto tanto así que en los momentos en que mi vida anda necesitando treguas, empiezo a soñar recurrentemente que estoy corriendo sobre la arena o bañándome en aguas tranquilas, tibias o turbulentas y me despierto mejor.

Para entonces, María José y yo nos sentíamos unas divas, tomábamos el sol sin control y permanecíamos en el agua desde que abríamos los ojos hasta que oscurecía. Como si fuera poco, cuando no teníamos crema bronceadora nos untábamos espuma de Coca-Cola que no sé quién nos dijo servía para quedar con un color lindo.  De manera que tener la oportunidad de estar en el mar con Martín y con una de mis mejores amigas, era mi mundo perfecto.

Martín llegaba a esconderse allí porque trabajaba en el pueblo haciendo procesos de organización de la gente. Pasaba todo el día en la casa y salía al oscurecer a las reuniones. Durante el día hacía ejercicio, conversaba mucho con los hermanos de María José, jugábamos beisbol y me chantajeaba todo el tiempo para quitarme cualquier cosa rica que yo estuviese comiendo, diciéndome que pobrecito su hermanito que se podía morir y yo de egoísta no compartía. Por supuesto que siempre terminaba dándole cualquier cosa, porque no podía soportar tal argumento. Imagino que hacía todo con la misma naturalidad con que actúa cualquier chavalo de veintiún o veintidós años, que era la edad que entonces tenía, tratando de vivir los ratitos de normalidad que las circunstancias le permitían.