Capitulo II

Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo
para mostrar al mundo cómo era su casa”.

Bertolt Bretch

Nuestra casa fue construida por el abuelo con una de sus tantas habilidades. En ella viví hasta mi adolescencia y todavía sueño con ella casi todos los días.  Parece por su estilo arquitectónico que la intención era hacerla colonial, con sus gigantes paredes pintadas de verde, los patios centrales, llena de cuartos, corredores y recovecos, pero que en la necesidad de ir ajustándola con presupuestos limitados, para hacerla más cómoda, más moderna y sobre todo para acomodar a la prole numerosa que crecía sin complicaciones, se cambió a un estilo amorfo carente de elegancia.

Estaba llena de espacios diferentes, en donde mi imaginación volaba sin más límites que los que mi abuela materna fallidamente pretendía ejercer para controlarme. En sus corredores podía ser conductora acelerada de mi velocípedo que parqueaba con grandes estrategias entre el piano y la pared de la sala, sintiendo como mi cabello se movía con la velocidad y como la adrenalina fluía al arrancar desde el zaguán atravesándola desde la sala hasta llegar a estrellarme contra el lavandero de piedra que estaba al final de la casa.

A veces también era vendedora de la tienda, o doctora que preparaba medicinas en el consultorio médico de mi padre, porque en esa época mi papa mezclaba varios polvos de medicinas en agua hervida para preparar dosis para niños. De vez en cuando me desempeñaba como secretaria con la máquina de escribir gris, marca Olympia de la oficina de abogada de mi mamá, que aprendí a manejar practicando sola durante unas vacaciones, con un manual de mecanografía hasta alcanzar ochenta palabras por minuto. Cuando tenía instintos domésticos, era cocinera en una cocina de lata y hacía ensaladas con las hojas de las plantas del jardín de mi abuela Sol, a la cual no le hacía ninguna gracia mi preferencia por hacerme pinturas de labios con los capullos de las flores de avispa.

En la tienda, que había sido fundada  por mi abuela muchos años antes de casarse, se ofrecía en venta un carnaval de cosas para una clientela que variaba, entre los campesinos jornaleros que hacían sus compras los fines de semana, cuando bajaban al pueblo a cobrar el pago de su semana de corte de algodón y llevarse un azulón, hasta las señoras amigas de mi mamá  que escogían de los figurines las hechuras y las telas para hacerse sus vestidos con las costureras que por encargo llegaban a pasar el día en sus casas, cosiendo para toda la familia. Telas y telas de todos los tipos que regresan del más allá con sus nombres, texturas y colores:  tamino, lino, manta cruda, manta hindú, dacron,  sincatex, poliéster, diolen, danriver, rayon, casimir inglés, tafetán, seda, gabardina, dril, chifón, crepé, georgette, organdí, oxford, popelina, guipure, piqué y sus respectivos adornos de encajes, ribetes, tiras bordadas, cintas de mantequilla.

Cajas tras cajas de botones de hueso, carey, madera o metal, calcetines Red Point, vestidos de bebé granadinos o fajas Midenform, juguetes para regalos de piñatas o lociones Old Spice y talcos Maja, collares étnicos traídos de la India, cosméticos Helena Rubinstein, con todo y la chica modelo de cintura de avispa y caderas anchas, cabello negro, ojos grandes y dientes con rastros de haberse chupado el dedo, maquillada escandalosamente al estilo Cleopatra, que llegaba de vez en cuando a dar las instrucciones de uso. No cabe duda, esa era mi casa, allí sucedí y allí me engañé inmensamente, esa era mi casa detenida en el tiempo, como decía Benedetti.