Capítulo XIII

Mi casa empezó a ser frecuentada por huéspedes raros que llegaban de noche y pasaban encerrados la mayor parte del tiempo para salir de nuevo de noche, con los cuáles mis padres conversaban con las puertas cerradas. Después supe quiénes eran, cómo se llamaban y con cada uno desarrollé una relación diferente a partir de sus personalidades y de la capacidad de empatía que demostraban con una niña omnipresente que no abría la boca y les sonreía muy poco. Fueron relaciones más importantes para mí que para ellos. Siempre pasa con los adultos que llegan a la vida de los niños circunstancialmente, no entienden como pueden llegar a ser tan importantes y queridos y después ni lo recuerdan, ni les importa.

Me pasó con las clandestinas y los clandestinos, en más de una ocasión cuando ya había crecido los encontré y su indiferencia me movió el piso de pronto, aunque ya no me importaran suponía que había algún cariño común. Sobre todo porque seguí sus pasos y sufrí en muchos casos la angustia de sus riesgos y las torturas que imaginaba estaban pasando cuando los metían presos.

A alguno de los guerrilleros conocidos, lo encontré nuevamente en la primera plana del diario de Somoza llamado “Novedades”. En fotografías que ocupaban la página de la portada con los ojos abiertos y bañados en sangre, acribillados a balazos, muertos. Y no eran imágenes tan lindas como la clásica foto del Che Guevara en La Higuera, en la que parece un Cristo. Sucedió con Oscar Robelo, al día siguiente de haberlo visto por última vez, el 30 de agosto del 78. Nos habíamos encontrado con él, en el Mc Donalds del Camino de Oriente mi mamá y yo para entregarle unos documentos y una información no sé de quién. Otro fue Róger Deshon. Murió en un ataque de La Guardia a la casa de seguridad en la que estaba oculto en León el 16 de abril de 1979 junto a otros cinco compañeros que conformaban el Estado Mayor de occidente.

Con Róger tuve una relación más cercana que con los demás cuando vivió en mi casa en el año setenta y tres o setenta y cuatro. Siempre entablaba conversaciones conmigo, preguntándome qué estaba haciendo y me ayudaba a hacer mis cosas del colegio. Al inicio me caía mal sintiendo que invadía mis espacios en mi rincón cerca de la televisión en donde hacía mis tareas, pero después empecé a oír lo que me decía y me recomendaba libros para leer cuando creciera. Me narró Sandokán, la novela de Emilio Salgari. A lo mejor se sentía identificado con el príncipe malayo que luchaba contra los colonizadores, pero a los ocho años a mí, no me resultó tan atractivo el argumento. Lo leí un par de años después, en una fiebre de lectura en mis vacaciones cuando ya estaba concluyendo los libros que eran de lectura obligatoria en mi casa para la niñez-pubertad: Mujercitas, Papaíto Piernas Largas, El Principito, La Cabaña del Tío Tom y La Odisea. Después de un tiempo sin verlo, supe de él en diciembre del setenta y cuaro porque participó en una acción guerrillera, como parte de un comando que se tomó la casa de un somocista el día de una fiesta navideña.

Róger fue el único que me recordaba después, cuando regresó a trabajar de nuevo cerca de mi ciudad y recibí una carta suya estando fuera del país. Llegó a mis manos algunos meses posteriores de cuando la escribió, justo el día antes de escuchar por radio Sandino que había muerto. Solo recuerdo que decía “…ya sé que debe ser difícil para vos estar lejos pero no te preocupes que va a ser por un poco tiempo nada más, pronto todo se va a terminar y vas a poder regresar…” No sé cómo supo mi dirección para enviar la carta por correo. Fue uno de mis tesoros más preciados durante largo tiempo, igual que lo fueron algunas de las cartas que mi hermano Martín escribía a mis padres cuando no podía verlos, en las cuales me dedicaba algún mensaje especial que me llenaba el alma hasta nuestro siguiente encuentro.