Capítulo VIII

“No puede conmigo la tristeza
la arrastro hacia la vida
y se evapora…”

                               Claribel Alegría

Antes de esos diminutos cambios de mi comportamiento, en el setenta y cinco, La Guardia se llevó preso a mi papá por razones políticas, acusado de ser colaborador del Frente Sandinista. Ese año cambiaron a la directora de primaria de mi colegio y nombraron a una monja nueva, la madre Gloria, atípica, despampanante, con unas nalgotas enormes que lucía en pantalones de diolén, una cabellera castaña exuberante al estilo Farrah Fawcett y con una boca como la de Angelina Jolie. Supe después que los padres de familia gozosamente la admiraban y fue una época de buena convocatoria masculina en las reuniones de primaria.

El Frente Sandinista era una organización clandestina y armada, que había nacido a inicio de los años sesenta, como seguidora de Sandino, con el objeto de derrotar a Somoza. En esa época nadie sabía cuántos eran sus miembros y muchos de ellos vivían escondidos, en casas de seguridad en la mayoría de los casos, algunos en las montañas y otros en las ciudades. Normalmente cuando alguien se integraba colaboraba haciendo trabajos conspirativos de distintos tipos, pero seguía haciendo sus actividades personales cotidianas de estudio o trabajo. Hasta que generalmente por razones de seguridad cuando ya estaba demasiado “quemado” o identificado por La Guardia, se pasaba a la clandestinidad en otra ciudad. Aunque también pasaban a la clandestinidad cuando era necesario que se entrenaran militarmente o asumieran mayores responsabilidades.

Efectivamente mi papa y casi toda la familia, colaboraban con el Frente. Fue difícil ese periodo en que estuvo preso, el cual creo duró poco más de un mes. Desde que se lo llevaron sentía un hoyo en mi estómago y una presión en mi pecho que no me dejaba respirar bien. Habíamos pasado esperando un par de semanas que llegara La Guardia a buscarlo porque habían capturado a un miembro del Frente, quien por las torturas extremas había delatado muchas cosas internas de la organización y a muchas personas, entre ellas, que nuestra casa era casa de seguridad, así como la de otras personas en mi ciudad.

Fueron días de suspenso, no se sabía cuándo llegarían a traerlo preso, hasta que aparecieron de pronto. Llegaron a golpear las puertas de mi casa a la una de la tarde, hora en que hay poca gente por la calle. Extrañamente se presentaron en el carro del comandante de La Guardia y no en un jeep “Becat” de los que utilizaban. Mi papa no me dejó salir, se despidió rápidamente con un beso y salió al encuentro de quienes lo esperaban. Subí en unas gradas que había en el jardín, en donde estaba un árbol de mango que él sembró unos años antes y desde donde podía ver mejor hacia la calle. Allí vi a los guardias y a mi papá despedirse de mi mami, portando consigo un maletín de médico en el que llevaba sus pastillas de uso personal. El hecho de que llegaran en un carro privado, mi padre lo interpretó como un gesto del dueño del vehículo por haber atendido en una ocasión a su hijo enfermo. Hasta allí llegaba lo que ese jefe de La Guardia podía hacer por él, porque todos los capturados fueron enviados a Managua y trasladados a la cárcel “Modelo”.

Mientras tanto, me levantaba todos los días de la cama sin haber dormido mucho, pensando en mi padre y su suerte. Me despertaba de pronto con esas ganas que todos tenemos cuando algo muy feo está pasando, deseando que todo fuera un sueño. Mi estómago se volvía a estremecer cuando recordaba que no lo era. Me iba al colegio y al entrar en mi aula de clases se sentía la tensión de mi situación extraña y diferente. Mis amigas seguían haciendo todo con normalidad, intentando hacerme sentir bien, pero una de tantas mañanas, de pronto, una chavala de familia somocista, que había llegado a estudiar al colegio después del terremoto, veinte libras más de peso y medio metro adicional de tamaño que yo, me increpó y se burló de mí diciéndome: “¡Qué alegre que se llevaron preso a tu papa porque es un comunista!”. Salté como una diabla en una discusión política que por desgracia tuve capacidad de sostener a mis nueve años, diferenciando lo que en ese momento entendía entre ser un comunista y ser un anti somocista como mi papá, entre otras cosas porque mi papá creía en Dios. Pensaba en los comunistas come niños que Somoza desprestigiaba en la tele cada vez que podía, cuando se refería a algún muerto perteneciente al Frente que había matado La Guardia.

La madre Gloria, la directora, escuchó la discusión y me llevó a la dirección, la misma oficina en donde antes la madre Martha abrió la gaveta de caramelos, pero esta vez fue distinto. Me prohibió hablar nuevamente de esas cosas en el colegio, dijo que lo que pasaba en mi casa era mi asunto. Quedé desconcertada de ser regañada por haberme defendido de una burla malvada a pesar de que yo podía quedarme sin papá en cualquier momento.

La mayoría de los capturados en esa redada eran médicos y sus familias acudían a mi casa aglutinadas alrededor de mi mama, para hacer cosas juntas para sacarlos de la cárcel. Durante esas semanas, mi mamá no paró un minuto de hacer gestiones legales, visitarlo, publicitar las detenciones e intentar hacernos sentir a todos los pequeños en la casa que todo estaría bien, que nada malo le pasaría, lo cual no surtía mayor efecto para tranquilizar nuestras almas.

Particularmente, creo que a mi hermano pequeñito le fue muy mal en esas semanas, porque intentaron que no se enterara de lo que pasaba. Mi mama tratando de hacer que todas las rutinas continuaran. No sabía el tiempo que mi papa pasaría preso y lo que sucedería. Estaba obligando al bebé a bañarse para ir al kínder y él le gritó que ojalá fuera ella la presa y no mi papi. Certero golpe en el corazón para ella, pero él con sus cuatro años hacía días que ya tenía su propio corazón partido y nadie estaba para prestarle atención.

Mi padre fue liberado tras varias semanas de interrogatorios, después de dar declaraciones ante un juez, diciendo que no sabía que las personas que llegaban a mi casa fueran guerrilleros, que él creía que eran visitadores médicos y vendedores de libros porque así se habían presentado. Lo vi en el diario “La Prensa” retratado, sentado delante de un escritorio en donde una persona tomaba nota en una máquina de escribir, de lo que él decía delante del juez. No sé ahora quién los llevó desde Managua hacia mi ciudad, pero iban todos los médicos liberados juntos y sus familias esperaban en nuestra casa su llegada. Verlo entrar por el zaguán de mi casa con su menuda figura, vivo y sonriendo, fue extraordinario.